Un bebé al Congreso

A las 10:30h he recibido un whatsup de un amigo periodista que decía “Pon el 24h. Ya puedes preparar un post sobre la que está en el Congreso con su bebé”. Yo, que no sabía ni de lo que me hablaba he encendido el televisor y, al mismo tiempo, con el móvil: Twitter. La red ya sacaba humo con la diputada de Podemos Carolina Bescansa, que estaba en el hemiciclo con su hija de 6 meses a quien tenía en brazos y que tomaba pecho cuando necesitaba.

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La pausa perfecta

Estoy escribiendo muy poco sobre esta segunda lactancia de mi vida. En la primera, todo me sorprendía tanto, todo me conmovía tanto que necesitaba urgentemente contarlo a los cuatro vientos, era todo un descubrimiento para mí.

En esta segunda, después de haber amamantado a la mayor más de 3 años y medio, todo está siendo tan absolutamente natural y lo tengo tan integrado que ya no necesito explicarlo como la primera vez. Forma parte de mí de una forma tan espontánea, fácil y natural que me parece lo más normal que he hecho en mi vida: amamantar.

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La teta cura

Si habéis amamantado a vuestros hijos, sabéis que la teta cura. La teta cura la añoranza de mamá, la teta cura los golpes en la cabeza cuando aprenden a gatear, la teta lo cura… todo. Cuando nos echan de menos, cuando se hacen daño, cuando se enfadan o cuando tienen algún disgusto, los niños que hacen teta, se curan. Porque el pecho es leche calentita, es calor, es piel, es contacto, es consuelo y además, es analgésico. De todo ello os he hablado en muchos posts que encontraréis en la categoría de “Lactancia”.

Lactancia materna: Ahora, que ya no hay teta

Ayer hizo dos meses que dejé de dar el pecho a Laia. Hizo dos meses que Laia mamó por última vez. Me acordaré toda la vida, seguramente, de aquel día en que quiso mamar de un pecho y lo hizo menos de 40 segundos para terminar diciendo “ya no quiero más”.

Aquel fue el último día y ahora, que de eso ya hace dos meses, creo que puedo hacer un poco de balance…

Tras el éxito que tuvo el post de la “Fies-TETA”, mucha gente me decía “¿y no te ha dado pena?” “¿Y no lo echas de menos?” y mi respuesta era siempre “no”.

Porque era el momento. Creo que era mi momento, pero diría que también era el de Laia. No ha sido nada difícil. Evidentemente que he detectado algunas cosas, algunos cambios, pero nada que no sea normal… Por ejemplo…

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La fies-TETA y el final de nuestra lactancia

3 años, 6 meses y 12 días: este es el tiempo que ha mamado Laia. Cuando era un bebé, muy a menudo, después cada tres horas o cuatro, luego a épocas de nuevo muy a menudo, después cada vez más espaciado. Siempre para ir a dormir, también cuando se hacía daño o cuando tenía un disgusto, todo el día cuando se ponía enferma… Y se fue haciendo mayor. Y cada vez la necesitaba menos pero la amaba más. No os puedo decir cuánto tiempo hacía que mamaba poco… quizá desde el verano, no lo recuerdo. Ya sólo una vez (para ir a dormir, y algún día también para hacer la siesta) y a menudo sólo un pecho. Desde diciembre, la toma no solía durar más de dos minutos. Dejaba el pecho y me decía “¿me cantas?” o “¿me das un masaje?” … y se dormía.

Lactancia materna: Tiremos el calendario

La relación de las mujeres con la lactancia materna empieza mucho antes de tener un hijo. Queramos o no dar el pecho, la relación con la lactancia materna está ahí. Porque un día vamos al Centro de Atención Primaria o a un centro privado donde nos hacen Preparación al Parto y nos explican cómo se prepara nuestro cuerpo para la llegada del bebé, o como se debe dar el pecho, en qué posturas, etc. O algunas tendremos amigas que habrán o no dado el pecho y aunque no queramos, pensaremos “¿qué haré yo llegado el momento?”… Algunas lo tendrán clarísimo, otras no tanto.

¡No la soporto!

La habitación de hospital era pequeña, casi no cabían. Lidia había parido, por suerte, de madrugada y la familia había tardado en llegar tres o cuatro horas que le habían parecido caídas del cielo, tanto a ella como a Martín su marido.

Habían podido estar solos, los tres. Pau había pesado 3,530 después de un parto que a esas alturas a Lidia aún le parecía “normal”.

Estaba cansada, con ganas de sentirse con más fuerzas. Se sentía rara, no sabía muy bien cómo coger aquel hijo que era suyo, ni cómo darle el pecho, ni cómo cambiarle el pañal… Sentía que no sabía hacer nada y se sentía insegura, torpe.

Martín era feliz, estaba muy contento y tenía toda la seguridad que en aquellos momentos le faltaba a Lidia. “No te preocupes”, le decía “esto es porque estás muy cansada… y por los puntos. Cuando lleguemos a casa todo será diferente, será mejor”.

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Simplemente

El 19 de agosto hará 3 años que amamanto a mi hija y es curioso que siempre me doy cuenta de la cantidad de días que hace que tenemos esta relación a través de la lactancia materna cuando se acerca su cumpleaños.

Porque el resto del año, simplemente, ni me doy cuenta. Porque el resto de días, ni siquiera lo pienso. No pienso en nada. Ni siquiera en lo que es, conlleva, puede significar, etc, la lactancia materna. No pienso en si le va bien a ella, o me va bien a mí, ni en si hemos superado la “barrera” de los al menos dos años de lactancia materna que recomienda la Organización Mundial de la Salud.

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