0 a 1 años

De la luz a la oscuridad

De la luz a la oscuridad

Los posts de las próximas semanas seguramente serán los más difíciles de escribir. Supongo que porque todavía duelen, porque a pesar de que haya habido ya un proceso de re-colocación de todo ello, el cuerpo y el alma aún lo recuerdan todo. Y sí, todavía duele. Recuerdo aquella noche, 8 horas después del nacimiento de Lua. Yo intentaba dormir sin éxito. La tenía encima mamando sin parar y yo me sentía feliz. Mi madre se tumbó en aquellas butacas que quieren ser cómodas sin serlo y tampoco podía dormir. La familia con quien compartíamos habitación lo intentaba, pero aquel hombre no paraba de roncar. Roncaba tanto que despertaba a su propio bebé.

Ara fa un any…

Son las 6:40 de la mañana y escribo en las notas del móvil en pleno insonnio. Hace un rato, daba el pecho a Lua y se me hizo consciente que fue por estas fechas cuando me quedé embarazada de ella. Ahora empieza aquella época, que dura nueve meses, en la que vas recordando «hace un año me quedé embarazada. Hace un año fuimos allí y yo tenía una barriga así. Hace un año hicimos esto y noté a Lua por primera vez…….», y así sucesivamente hasta cuando tendrá 1 año y recordaré el minuto a minuto de su parto.

La caca

Algo que suele chocar mucho a las personas que no tienen hijos es escuchar a otras (que sí los tienen), hablar sin ningún tipo de reparo de las cacas de sus niños y niñas. Les sorprende con qué facilidad, con qué asiduidad y con qué fluidez madres y padres noveles hablan de caca: de qué color tenía, de qué consistencia, de cuántas ha hecho hoy, de cómo las hizo ayer… Y esa persona sin hijos de repente se siente desplazada «¡Nunca le había oído hablar así! ¿Pero cuándo me han cambiado el amigo?» y llegan a casa y le dicen a su pareja (con quien todavía no tienen hijos y no saben si los tendrán)… «Si algún día tengo un hijo, nunca hablaré de sus cacas» como lo hacen las madres del trabajo, o del grupo de amigos, o de donde sea!

Ombres

Normalmente, cuando pienso en las sombras es de noche, porque seguro que ya lo sabéis, de noche las sombras (aunque no lo parezca), son más grandes. Estoy en pleno embarazo y puedo decir que hasta ahora me han visitado poco o nada, pero no soy ingenua y sé qué implica un puerperio vivido a conciencia, cuando te abandonas a lo que es y al aprendizaje enorme que te puede aportar esta etapa. Entonces las sombras pueden ser grandes, y venir a verte cuando menos lo esperas o cuando más vulnerable te sientes. Y cuando pienso en ellas, en las sombras que quizá algún día vendrán, me entra una punzada en el corazón e intento coger aire.

Carta abierta a familiares y amigos de los nuevos padres

Carta abierta a familiares y amigos de los nuevos padres

Esta carta va dirigida a abuelos, suegros, cuñados, tíos, sobrinos, primas, bisabuelos, y todos los tipos de parentesco que os podáis imaginar. Pero también a vecinos, amigos, conocidos y desconocidos.

Seguro que nos ha hecho muchísima ilusión que nuestro hermano, nuestro hijo o nuestro … (lo que sea, poned el parentesco que queráis), haya tenido un hijo. De alguna manera, este bebé es también «algo» nuestro y tendremos relación con él (que no quiere decir vínculo porque quizás esto no se gestará) toda la vida. Es decir, que para siempre será nuestro nieto, o sobrino, o lo que sea… Estoy convencida de que casi sin haberlo visto nunca ya lo amamos y nos imaginamos cómo será cuando venga a comer a casa, o el día que los padres nos lo dejen un rato o si algún día nos quieren de canguros. Tenemos expectativas, muy seguramente, y mucha ilusión.

No me toques los pechos

No me toques los pechos

Teresa y Xavi hacían el amor. Inesperadamente los astros se habían alineado y habían encontrado el momento, el lugar y lo más importante, les había apetecido. Pol, su hijo de dos meses y medio, dormía un poco más allá y aunque lo oían respirar, esta vez su sonido no era suficiente como para hacerles bajar la libido. Tenían ganas el uno del otro. Hacía días que no se tocaban y se echaban de menos. El tacto, el calor, la caricia, el encuentro íntimo de los dos… necesitaban encontrarse juntos, solos, con contacto.

Bebès amb pressa

El primer día que fui consciente de que hay bebés que parece que tienen prisa lo recordaré toda la vida. Vi una niña, no tenía ni dos meses y quería caminar. Sí, sí, quería caminar. Sólo era feliz cuando su madre la cogía por debajo de los brazos absolutamente vertical y ella podía mover sus piernecitas tocando el suelo como si diera pasitos. Os juro que no me lo creía cuando lo veía. Aquella niña había aguantado la cabeza poco después de nacer y con un mes y medio quería caminar. No quería estar en posición horizontal, no quería que la acunaran, sólo parecía que tenía predilección por las cosas propias de bebés más «mayores».

La madre cansada

Estoy en el parque y veo una madre con un bebé y cara de cansada. No sé quién es, ni qué le pasa, pero es innegable: está cansada. Me la imagino demasiadas horas al día sola con el bebé y demasiada gente juzgándola. Tanto si lo hace de una manera, como si lo hace de otra, esto da igual: todos se sienten con el derecho de decirle qué debe hacer para ser mejor madre. Todo el mundo pone su granito de arena para que, en vez de sentirse más fuerte, se vaya sintiendo cada vez, más minada. Y sí, quizás es con buenas intenciones que lo hacen, no digo que no, pero… ¿con qué resultados?

Las primeras vacaciones con un hijo (Video + cuento)

En esto de las vacaciones tendría que haber una distinción: vacaciones cuando NO tienes hijos y vacaciones cuando SÍ los tienes. Porque unas y otras no se parecen demasiado y tienen poquísimos puntos en común. Bueno, quizás lo que sí comparten es que en los dos tipos se rompe la rutina y mientras que cuando no se tienen hijos, romper la rutina es fantástico, cuando sí los tienes, eso de romper la rutina puede traer daños colaterales muy molestos.

Cuando el guión se rompe

Cuando el guión se rompe

Edurne camina deprisa. Hace unos diez minutos que ha salido de casa y todavía siente aquella opresión en el pecho que la ahoga. Tiene ganas de empezar a correr pero no sabe hacia dónde, y no lo hace. Sólo camina deprisa hacia ninguna parte, deseando que cada paso que hace un poco más rápido, le vaya calmando aquel peso enorme que lleva días sientiendo en la boca del estómago y que no la deja respirar. Ni cuando bosteza, no puede acabar de inflar los pulmones. Tiene continuamente esa sensación tan desagradable de que se ahoga, de qué le falta aire, de que no podrá respirar y caerá al suelo de un momento a otro…