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Segundo embarazo: sobre miedo y confianza

Segundo embarazo: sobre miedo y confianza

Hacía muchos días que tenía ganas de escribirte. Hace muchos meses que estoy saboreando esto de tener, en el exterior, sólo una hija. Porque sé que se acaba. Pronto estarás tú y también estará Lua y tendré que atenderos a las dos, de demostraros cómo os amo a las dos, de jugar con las dos, de acogeros a las dos… Sé que te apetece tener una hermana y a la vez también sé que una parte la ves con cierto recelo porque no sabes hasta qué punto cambiarán nuestras vidas. Te pasa lo mismo que a mí. Yo también tengo ganas y por mucho que intento imaginarlo, por mucho que me lo han contado, no sé cómo será ser cuatro en casa. No sé cómo voy a saber gestionar la demanda, el post-parto, y todas esas cosas…

Y de repente, ves la luz

Y de repente, ves la luz

Hace cuestión de un mes empezaste a decir que me echabas de menos. “Hoy he llorado en la escuela porque quería estar contigo” o “no te vayasss…” y esas cosas. Yo, convencida de que era por mis fines de semana en la radio, que nos dejaban muy poco tiempo juntas, me convencí que era normal y que pasaría después que vieras que ya no iba más. Pero me equivoqué. No era eso.

Reconocer que, a veces, no podemos más

Reconocer que, a veces, no podemos más

A veces cuesta reconocer que en determinados días o mejor dicho, en determinados momentos, empezaríamos a correr y no pararíamos. Cuesta aceptar que por muy fantástico que te parezca ser madre, hay momentos en que tirarías la toalla, dirías “hasta aquí, no puedo más, no sé hacerlo mejor”, y volverías a correr. Los hijos tienen la maravillosa y sorprendente capacidad de sacarte de quicio. Sólo el tuyo sabe hasta dónde estirar la cuerda para que llegues a ese punto donde no te gusta nada llegar: al de enfadarte, al de hacerte cuestionar todo lo que haces, todo lo que has hecho, todo lo que vas a hacer… Sólo tu hijo sabe tocar esa tecla que te remueve por dentro hasta tal punto que te hace pensar cosas del estilo “esto no lo aguanto, yo no lo soporto más, no sé qué hacer contigo, soy muy mala madre, esto es un desastre, no sirvo, me voy, lo dejo!”. Como si esto de ser madre o padre pudiera ser algo como para “dejarlo”! 😉

Los lunes

Los lunes en casa no suelen ser fáciles. Después de trabajar todo el fin de semana y haber visto poco a Laia, los lunes siempre hay algún momento en que todo puede irse al garete. Estamos las dos muy cansadas: yo de haber trabajado y ella de haber hecho un montón de actividades con sus abuelos o con su padre y haber roto la rutina de la semana.

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