Cuentos para adultos

Aquí encontraréis todos los CUENTOS PARA ADULTOS que publico todos los miércoles.

No me toques los pechos

No me toques los pechos

Teresa y Xavi hacían el amor. Inesperadamente los astros se habían alineado y habían encontrado el momento, el lugar y lo más importante, les había apetecido. Pol, su hijo de dos meses y medio, dormía un poco más allá y aunque lo oían respirar, esta vez su sonido no era suficiente como para hacerles bajar la libido. Tenían ganas el uno del otro. Hacía días que no se tocaban y se echaban de menos. El tacto, el calor, la caricia, el encuentro íntimo de los dos… necesitaban encontrarse juntos, solos, con contacto.

La noche del loro

Ignasi hoy estaba contento. Hacía 10 años que habían empezado a salir con la que ahora era su mujer y por la mañana, aún tumbados en la cama, habían dicho que por la noche lo celebrarían con una cena “especial”. Hacía mucho tiempo que no hacían una cena “especial” porque hacía apenas 13 meses que se habían convertido en padres y, al anochecer, solían estar tan cansados​que estaban por poco más que para cenar lo primero que encontraban y acostarse.

Las primeras vacaciones con un hijo (Video + cuento)

En esto de las vacaciones tendría que haber una distinción: vacaciones cuando NO tienes hijos y vacaciones cuando SÍ los tienes. Porque unas y otras no se parecen demasiado y tienen poquísimos puntos en común. Bueno, quizás lo que sí comparten es que en los dos tipos se rompe la rutina y mientras que cuando no se tienen hijos, romper la rutina es fantástico, cuando sí los tienes, eso de romper la rutina puede traer daños colaterales muy molestos.

Cuando el guión se rompe

Cuando el guión se rompe

Edurne camina deprisa. Hace unos diez minutos que ha salido de casa y todavía siente aquella opresión en el pecho que la ahoga. Tiene ganas de empezar a correr pero no sabe hacia dónde, y no lo hace. Sólo camina deprisa hacia ninguna parte, deseando que cada paso que hace un poco más rápido, le vaya calmando aquel peso enorme que lleva días sientiendo en la boca del estómago y que no la deja respirar. Ni cuando bosteza, no puede acabar de inflar los pulmones. Tiene continuamente esa sensación tan desagradable de que se ahoga, de qué le falta aire, de que no podrá respirar y caerá al suelo de un momento a otro…

Madres: heroínas cotidianas

Madres: heroínas cotidianas

Lidia era el primer día que se quedaba sola con su hijo, un bebé de un mes. Hasta ahora, el padre había podido estar con ellos y todo había sido muy, muy fácil. Hoy, para Lidia, digamos que empezaba “la hora de la verdad” y de alguna manera, le apetecía. Quería saber si lo conseguiría, si sería capaz de estar tantas horas con su bebé sola y si le gustaría, si sería feliz. Sentía como una especie de nerviosismo. Sabía que ahora debería calcularlo todo mucho mejor porque, por ejemplo, antes de sentarse a dar el pecho a Jack, debería pensar en coger el vaso de agua porque ahora no estaba su compañero a quien pedir “¿que me traes un vaso de agua, por favor?”.

Y todo vuelve…

Raquel hacía cinco meses que había tenido su hijo. Ella decía “tenido” y nunca “parido”. Se había pasado nueve meses soñando el parto perfecto que, sorpresa, no había sido el suyo. La decepción fue máxima y quizás por eso, porque todavía está enfadada, dice “tenido”. Desde que nació su hijo Aran, que sabía que tenía una espina clavada. Aquella cesárea que le hicieron tras seis horas de trabajo de parto con dilatación lenta la tiene grabada en el cuerpo, con una cicatriz que aún duele, y en el alma, porque la rompió por un lugar muy profundo.

¿Lo puedo cuidar?

Lucía miraba a su nieto embobada. Adoraba aquel niño, lo adoraba profundamente. Cuando lo miraba, se transportaba a 35 años atrás y veía a su hijo Francisco. Tenían los mismos cabellos, los mismos pómulos y hasta los mismos gestos. Cuando estaban juntos intentaba saborear cada momento porque no tenía la suerte de ver a Pol, su nieto, muy a menudo. La relación con su hijo no era muy buena, que digamos, y desde el nacimiento de Pol, ahora hacía 11 meses, había empeorado. Lucía no sabía muy bien por qué, no sabía decir qué había hecho mal. Pero en el fondo, muy en el fondo, ella sabía que el problema no era lo que había hecho sino lo que NO había hecho…

La niña que quería ir en brazos

Hacía quizás diez minutos que la había recogido en la guardería. Antes de ir a casa tenían que comprar cuatro cosas que faltaban para la cena. Se notaba que Martina estaba agotada: no había querido dormir la siesta, le dijeron las cuidadoras. Ella, su madre, también lo estaba. Hacía una hora que le habían dicho que no le renovaban el contrato temporal que tenía y esta noticia le había caído encima como un jarro de agua fría.

El día de San Esteban

Berta aún no ha probado los canelones este día de San Esteban. Ha tenido trabajo poniendo el babero a Duna, preparándole su comida y charlando con su hermana, que ha venido de Alemania a pasar la Navidad en casa. Berta está contenta, siempre le ha gustado la Navidad y más ahora, que tiene una hija y que todo, absolutamente todo, lo ve con otros ojos. Finalmente comienzan todos a comer, son 11 en la la mesa. Los canelones están buenísimos, como siempre. Su madre es la reina de la cocina y Berta está segura de que nunca nadie podrá igualarla.

El otro Julio

Julio era otro. Desde que había nacido su hija, él era otro. Ni en los momentos más optimistas, su compañera Blanca hubiera podido imaginar hasta qué punto habría cambiado Julio convirtiéndose en padre. Había ratos que ella lo miraba embobada pensando, “no puede ser que sea el mismo hombre que hace un mes”, porque había pasado del mayor de los escepticismos con respecto a la paternidad, a quedarse absolutamente enamorado de un bebé pequeñito y rosado que se llamaba Lua y que por ahora sólo hacía que mamar y dormir.

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