Berta aún no ha probado los canelones este día de San Esteban. Había estado ocupada poniendo el babero a Duna, preparándole su comida y charlando con su hermana, que ha venido de Alemania a pasar la Navidad en casa. Berta está contenta, siempre le ha gustado la Navidad y más ahora, que tiene una hija y que todo, absolutamente todo, lo ve con otros ojos. Finalmente comienzan todos a comer, son 11 en la la mesa. Los canelones están buenísimos, como siempre. Su madre es la reina de la cocina y Berta está segura de que nunca nadie podrá igualarla. Con el aperitivo y los canelones todo el mundo está ya suficientemente lleno como para pasar a los turrones pero en esta casa siempre ha habido casi más platos que personas en la mesa y aún les queda el pescado y los postres, ¡que los turrones no cuentan! Mientras da la comida a su hija, Berta mira a la otra punta de la mesa, la contraria a donde se sienta su madre, y de repente siente una añoranza profunda que le tiñe los ojos con un velo que quieren ser lágrimas.

Aguanta las ganas de llorar porque hoy no quiere que su madre se ponga más triste de lo que ya debe estar. Pero entre el puerperio, y esta comida que le recuerda tanto a su padre, no puede evitar que cada cucharada de lo que sea que come, se la lleve a la Navidad de hace dos años, cuando él todavía estaba allí, y a la de hace tres, y cuatro, y cinco…

Le hubiera gustado tanto que hubiera podido conocer a Duna… Esto es de las cosas que le dan más rabia: que hija y abuelo no hayan podido verse, tocarse, sentirse y amarse. Hace rato que Berta se ha quedado pasmada y no ha oído lo que su cuñado le preguntaba. Él repite la pregunta y ella todavía calla. Se hace el silencio y todo el mundo la mira. “¿Estás bien?” Dice finalmente su hermana. Y ella no puede evitarlo; mira a su madre, la mira a ella y les dice: “Sí, estoy bien. Sólo que… echo de menos a papá”. Y vuelve el silencio. Cuando lo acaba de decir ya se arrepiente… Se había dicho mil veces que no se quería poner triste, ni ella ni a los demás. “Lo siento mamá…” “No te disculpes, Berta. Yo también echo de menos a tu padre y me ha gustado que por un momento y todos a la vez, hayamos pensado en él en este almuerzo. Gracias a todos por estar, por haber venido a comer… seguro que él nos espía y siente el aroma de todo lo que hay en la mesa”. “¡Por Pedro!” Dice uno de sus yernos. “¡Por Pedro!” gritan todos. Una lágrima tímida se ha atrevido a bajar por la mejilla de Berta. Su madre lo ve, se acerca, se la seca y mientras la abraza le dice al oído “gracias”.

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Joan está vistiendo a Marc, que ya tiene catorce meses y hace diez días que ha empezado a andar. Hoy le pone ropa bonita, que es el día de San Esteban y tienen la gran comida familiar en casa de su compañera. Le pone una camisa y un pantalón de éstos como si Marc ya fuera un niño grande. Hace cierta gracia cuando lo ve todo bien vestido. Le dice “espérate que tengo que peinarte, todavía” y mientras busca el cepillo no puede evitar que un pensamiento fugaz le vuelva a hurgar la herida. Tal día como hoy, hace tres años, corrían al hospital y perdían a su hija Jana, de cuatro meses y medio de gestación. Fue, sin duda, el peor día de su vida. Coge el cepillo y de repente es como si viera la película de los días importantes de los últimos tiempos y en todos ellos salen o Jana o Marc. Aunque no han sabido nunca por qué ese embarazo no terminó como esperaban, él siempre ha pensado que tenía que ser así. Algo se movió, algo cambió para siempre. Él nunca ha sido el mismo y ella, su mujer, tampoco. Ahora, sin duda, puede decirse que son mejores, porque el duelo terrible que tuvieron que pasar los dos, como padres y como pareja, los removió las entrañas hasta convertirlos en otros.

Peina a Marc y antes de dejar que se escape, lo coge en brazos y le sopla la barriga. Con la camisa, el niño apenas nota las cosquillas, pero las tiene ya tan asociadas a aquella broma de su padre que ríe igualmente, como si fuera el primer día que le sopla la barriga. Joan finalmente lo deja en el suelo y él marcha corriendo a jugar a otra parte. Joan devuelve el cepillo a su sitio y recuerda que a esa hora, todavía pensaban que tendrían una hija. Cierra un momento los ojos y se conecta: “¡Te quiero, Jana!”, Dice sin decirlo. Cierra la puerta, va hacia el comedor y se cruza con su mujer que le dice “¿Ya estáis? Corre, que llegaremos tarde” él la detiene y la abraza “Frena”, le dice él “¡No hace falta que vayas tan acelerada! ¿Sabes que te quiero?” Ella respira porque tiene razón, hace rato que lo hace todo demasiado deprisa y contesta “Sí, lo sé. Y tú ¿sabes que yo también?” “Sí, lo sé”. Se dan un beso de los largos y oyen a Marc que viene corriendo y se les pega a las piernas!

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2 cuentos en uno, hoy miércoles, el último día de Cuentos para Adultos antes de Navidad. Dos cuentos diferentes que, en el fondo, dicen lo mismo: que hay un hilo invisible que nos conecta a padres y a hijos, más allá del tiempo y el espacio. No, no tengo pruebas empíricas que se puedan comprobar científicamente, pero siento profundamente que esto es así. No sabría muy bien cómo explicarlo más que por medio de mis cuentos, de mis historias que a pesar de ser todas inventadas, estoy convencida de que en alguna casa u otra, esto (la conexión invisible entre padres e hijos) se ha vivido así. Son cosas que quizás no se explican abiertamente al primero que pasa, pero hay muchos padres y madres que se sienten profundamente conectados a los hijos que perdieron mientras gestaban, o que sienten fuerte y profunda la presencia de sus padres a pesar de que haga años que murieron. Padres que notan cuando un hijo no está bien aunque esté a kilómetros de distancia y haga días que no hablan, e hijos que saben lo mismo cuando quien no está bien son los padres. Porque hay otro lenguaje en la maternidad/paternidad, que no es con palabras, ni con nada que se pueda tocar o escribir. Un lenguaje que vibra en otra onda, que traspasa tiempo y espacio y que nos conecta a madres y a hijos, a padres y a hijos, y hace que la muerte no sea tan drástica, tan brutal… Quizás tardaremos en sentir eso de que hablo, pero estoy segura que si paramos, sentiremos la presencia de aquellos que un día se marcharon a otra parte.

Y conectados, bien conectados, las sillas vacías que habrá en algunas casas esta Navidad quizás no las sentiremos tan vacías.

1 Comentario

  • Lali

    Bufff….quin fart de plorar!
    Jo vaig perdre la mare fa 2 anys i també vaig tenir un avortament espontani i et puc dir que les connexions hi són! I que en dies com Nadal o Sant Esteve és quan els tens més presents i els trobis a faltar; també!
    una abraçada

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