Si algo me fascina de los niños (y de las personas) es que no hay ni uno igual. Vivimos en un mundo donde parece que todo tenga que tener hoja de ruta y donde ésta debe estar trazada mucho antes de comenzar el viaje. Con los hijos esto no funciona porque todos llegan sin hoja de instrucciones y cada uno viene con su propio mapa. Un mapa que parece vacío, en blanco, y que los padres tenemos que ir intuyendo qué se dibuja en él.

Primero debemos conocer profundamente nuestro hijo y esto lo haremos vinculándonos en cuerpo y alma. Aprenderemos cómo es, más allá de la forma y de lo que se ve, e incluso ni así sabremos exactamente apreciar todos sus matices y más de un día y de dos, nos sorprenderán. Nuestros hijos son únicos e irrepetibles, y ya podemos tener dos o doce, que no habrá ni uno igual. Lo que nos habrá servido para uno, no servirá para otro. Lo que necesitaba uno, no lo necesitará otro y así, de esta manera, con mucha intuición, amor y paciencia, podremos ir acompañándolos en este camino que supone “crecer”.

Y lo haremos sin hoja de ruta, porque por muchos libros que leamos, por mucho que intentemos esforzarnos en esto de ser padres, si algo tenemos que aprender y asumir todos y cada uno de nosotros es que hay cosas (muchas) que se nos escapan. Y las hojas de ruta, a menudo, están llenas de expectativas, de suposiciones, de deseos, que no sirven de mucho.

Con ellos aprendemos a vivir el día a día y si nos lo permitimos, si nos aflojamos y decidimos aprender lo que han venido a enseñarnos, conseguiremos disfrutar de la improvisación, de la sorpresa y del ir tejiendo (todos juntos) un camino que será compartido pero quizás no se parecerá en nada al que, quién sabe, un día imaginamos. Será distinto, nada más. Será mejor, seguramente. Porque no partiremos de ideas preconcebidas, porque no habremos sufrido intentando que sean y hagan lo que nosotros queremos más allá de lo que ellos desean, más allá de lo que ya son.

Si pudiéramos mirarlos y admirarlos como los seres increíbles que son todos y cada uno de ellos, las hojas de ruta dejarían de importarnos y simplemente, les daríamos la mano. Nada más.

Les daríamos la mano y aprenderíamos a reír y a llorar juntos, a ser felices y a atravesar los rincones más oscuros con ellos, acompañándonos, aprendiendo a amarnos por encima de mapas, ideas y trazas.

Quizás (¡quien sabe!) el mapa en blanco que llevan bajo el brazo cuando llegan a nosotros, si lo ponemos contra la luz del sol, podemos leer esto: “ámame incondicionalmente. Este es el único camino.”


1 Comentario

  • Raquel

    Gràcies Míriam, necessitava llegir una cosa així. M’has orientat altre cop pel camí correcte, m’has guiat.

    petonets

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