Es domingo. Os habéis levantado juntos y hace buen día. Os apetece hacer algo especial y decidís ir a la playa. Los niños gritan “¡sí, playa!” y os ponéis en marcha. Pero cuando tienes hijos, desde que decides hacer algo hasta que la haces pueden pasar, por lo menos 2 horas. Porque antes de salir de casa os ducháis, os vestís, desayunáis todos en calma y empezáis a preparar las cosas para iros, que no son pocas: el patinete para correr por el paseo marítimo, el frisby para jugar en la playa, algo de comer durante el viaje, pañales, toallitas, etc.

Finalmente subís al coche: todos contentos, vais a la playa. Trayecto de una hora más o menos fácil, y ya estáis allí. Pero claro, ya son las 13h. Hace un día espectacular, tanto, que los niños se quitan pantalones y calcetines y ya tienen los pies en el agua. Es enero y no habíais previsto mojaros, o sea que no habéis traído ni toalla ni ropa de repuesto, ERROR. Pero no pasa nada porque estáis contentos. Hacéis castillos de arena, jugáis con el agua y hacéis esa foto fantástica que subes a Facebook con la frase de “magnífico día de playa en familia”.

Os lo pasáis tan bien que el tiempo os pasa volando y de repente os decís “buf, vamos a comer que estos tendrán hambre enseguida”. Pero claro, primero hay que limpiar los pies, piernas, manos, etc. de arena y la ducha no funciona. “No quiero arena!” grita el peque agobiado porque hay que ponerse los calcetines y la arena no acaba de desaparecer. Vais a una fuente, cogéis agua con el cubo pequeño de jugar y por fin, limpiáis pies. No tenéis toalla así que os apañáis con un pañuelo de papel.  Al fin, listos para buscar restaurante.

Pero ya es demasiado tarde. Mientras protestan porque no quieren caminar más, dicen que tienen hambre y sed y tu, que te parecía que habías cogido de todo de casa, te has dejado la botella de agua, y la comida del trayecto ha quedado en el coche. Muy bien. Respiramos.

Todos los restaurantes llenos. Os empezáis a poner de mal humor. “Un momento, enseguida comeremos” pero ellos no entienden ni “un momento” ni “enseguida” y ya medio lloran por la calle mientras te enfadas contigo misma por no haberos ido antes de la playa. “¿No aprenderemos nunca?” dice él, que piensa exactamente lo mismo que tú hace rato…

Entráis en el primer restaurante que hay sitio y es horrible. No tienen trona, está a tope, y hace un calor insoportable, pero da igual. Respiráis. El mayor llora que tiene sed. Dices al camarero que te traiga agua enseguida y ve, en tus ojos, la palabra “URGENTE”. Coméis con cara de pocos amigos porque no era eso lo que queríais. Habíais imaginado una buena comida en una terraza frente al mar donde los niños pudieran jugar un poco antes de que trajeran la comida. Y estáis como sardinas en un sótano de un restaurante de mala muerte.

Respiráis y no pedís ni postres para iros cuanto antes. Ya estáis en la calle de nuevo y parece que ahora todo cogerá otro aire. Quieren volver a la playa, dicen. Y lo hacéis. El pequeño, que está un poco cansado ya, empieza a destrozar todos los castillos de arena que hace el mayor. Este se enfada, el pequeño no entiende nada. Decidís abortar misión playa e ir a comprar un helado pero antes hay que repetir la pesada operación “quitamos la arena de pies, piernas, manos…”.

Compráis los helados esperando que el azúcar dulcifique un poco este día que ha empezado a torcerse hace rato. El paseo marítimo está abarrotado de gente que hoy ha tenido la misma idea de ir a la playa que vosotros, y os sentáis en un banco a comer los helados con calma. Como el mayor no quiere soltar el patinete, en un mal movimiento el helado va al suelo. Frustración máxima e impotencia que se traduce en llantos y gritos de qué quiere otro. Entiendes los motivos pero las formas son tan pasadas de vueltas que acabas aceptando que hoy el día no es lo que esperabas. Punto: vuelta a casa.

Llantos hasta el coche y vosotros sólo tenéis ganas de que sea mañana y este día tan poco idílico acabe. En el trayecto de vuelta a casa se duermen y podéis descansar un rato y enfadaros con vosotros mismos de todas las malas decisiones del día: ir a la playa demasiado tarde, no tener restaurante reservado, no llevar agua encima, ni toalla ni ropa de recambio… aseguráis que lo váis a recordar para que no vuelva a suceder, a pesar de que sabéis que otro día volveréis a tener la guardia baja y volverá a pasar. C’est la vie, que dicen en francés.

Llegáis a casa y venga, a la bañera a sacar, por fin, la arena. Cenáis, y cuando toca acostarse resulta que como han hecho siesta en el coche nadie tiene sueño. Tú te quedas sin momento de relax en pareja, sin película (hoy echaban una que querías ver) y sin sofá y manta. Toca respirar de nuevo y aceptar que nada ha sido como querías porque seguramente ir a la playa al día siguiente de tener una cena y acostarse tarde los 4 no ha sido una buena idea. Como no quieres entrar en la culpa miras el móvil para echar un vistazo a las redes sociales y evadirte un momento. Facebook te dice que han hecho comentarios en tu foto que ya, por cierto, no recordabas que habías colgado. “Uau, qué envidia, qué día más precioso habréis pasado familia! Me alegro guapos”, te ha escrito tu amiga y por dentro te dices que mañana le enviarás un whatsup para decirle que no se crea las fotos que ve en la red!

A veces los días van como una seda y a veces todo sale al revés. No pasa nada. Así es la vida. 🙂

PD: No saquéis conclusiones precipitadas de las fotos que veáis en Facebook, Instagram… sólo son fotos! 😉

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