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Hermanos: 5 consejos para el primer encuentro

Hermanos: 5 consejos para el primer encuentro

La llegada de un hermano en la familia es un momento muy importante y especial. Tanto nuestro hijo (que a pesar de ser pequeño ya es el mayor), como el bebé, como nosotros, los adultos, vivimos un montón de cambios los días antes del parto y los días después.  Justo por eso es tan importante que pongamos atención a lo crucial…

Solos

Solos

Yo creo que tenía unos 21 años, y estaba en Siria, de viaje. Sí, ese país del que prácticamente ya no queda nada y de donde huye todo el mundo por culpa de la guerra. Las vacaciones se estaban acabando y estábamos en Alepo. De repente, una noche, me empecé a encontrar mal, tanto, que acabamos en el hospital donde estuve ingresada ahora no recuerdo cuantos días. Creo que no me he encontrado nunca tan mal en mi vida. Cuando conseguía estar medio consciente sólo quería una cosa: mi madre. Que estuviera allí, que me cuidara, sentirla, escuchar su voz, que me diera la mano. Saberla cerca y conmigo.

Las palabras

El viernes hizo 1 año que dieron el alta a Lua de la Unidad de Neonatología donde estuvo ingresada una semana justo después de nacer. Ese día, uno de los emocionalmente más intensos de los últimos tiempos, me quedará grabado en la memoria porque suponía el punto y final a una semana de infierno. Cuando, hace un tiempo, miraba el calendario y veía que se acercaba el mes de abril sentía dos sentimientos contradictorios; por un lado ilusión por el primer año de Lua y por el otro, cierto miedo a lo que pudiera removerse con todo ello. No sabía si lo vivido estaba digerido, bien asentado o simplemente, aparcado. Y todos sabemos que el primer umpleaños de un hijo es intenso y removido.

El duelo por el parto que no tuvimos

El duelo por el parto que no tuvimos

Cuando ya eres madre, el parto de alguien muy cercano es una removida. A menudo en forma de nerviosismo: sabemos que está de parto y pasan las horas y no llega esa esperada foto de madre y bebé con el mensaje de “Martina ya ha nacido, ha pesado 3,500 (¿por qué siempre decimos el peso?) y somos muy felices”. Cuando digo alguien cercano quiero decir alguien MUY cercano: una hermana, una amiga a quien queremos mucho, una cuñada, etc. Otras veces lo que sale es ilusión: estamos contentas y como si flotásemos porque está a punto de nacer alguien a quien querremos mucho. Porque seremos tías, o casi, de un bebé que intuimos que amaremos.

Estres postraumático

Busco la definición que más encaja en mi historia y es esta: “se trata de un acontecimiento en la vida del sujeto, una experiencia vívida que aporta, en muy poco tiempo, un aumento tan grande de excitación en la vida psíquica, que fracasa toda posibilidad de elaboración”. Esto es lo que me pasaba a mí. Me había estresado tanto todo lo que había pasado esa semana (dormir tan poco, sentir tantas cosas y tener tan poco tiempo para elaborar todo lo sucedido) que una vez en casa llegó el estrés.

El día del alta

Hacía días que no preguntaba nada sobre cuándo nos darían el alta; me lo habían dejado muy claro, eran 7 días. 7 días significaba que podríamos irnos a casa el viernes. Era jueves por la mañana y la pediatra dio el alta a la última madre con quien más nos habíamos relacionado hasta entonces. Las otras dos con quien había tenido más contacto ya estaban en casa. O sea que en esa sala de neonatos tan llena cuando ingresamos, sólo quedaban dos niñas prematuras, una niña en la UCI y Lua.

TU NO

TU NO

Lo que os voy a contar hoy no me hace sentir orgullosa, es más, me da cierta vergüenza contarlo y me gustaría, sinceramente, no haberlo tenido que vivir nunca. Pero las cosas son como son y no, a veces, como una quisiera.
“El día que me hundí” me di cuenta de qué me estaba pasando. En ese momento me molestaba muchísimo la felicidad ajena. La planta de maternidad, con una avalancha de parturientas y bebés por todas partes, me suponía un calvario. Con el calor que hace dentro de los hospitales, cada habitación tenía la puerta bien abierta y desde el pasillo podías ver las madres recién paridas con sus bebés en brazos. Ramos de flores que llegaban, padres radiantes de felicidad, y familias enteras con abuelos, tíos y primos que estaban de celebración. Para ir al baño tenía que pasar por ese pasillo y lo hacía con la cabeza baja porque no soportaba ver ninguna de estas escenas.

El día que me hundí

Serían sobre las seis de la mañana. Yo había estado en neonatos dando el pecho a Lua hasta que la dejé profundamente dormidita en su cama. Volví a mi habitación, justo al lado, a tumbarme y al entrar, mi madre me preguntó si Lua ya dormía. “Esto es una mierda”, dije, y diría que me cayeron lágrimas. Ella se levantó para abrazarme pero le dije que no, bruscamente y con la excusa de que quería dormir. Pero no era por eso que no quería que me abrazara, sino porque si lo hacía, tenía la sensación de que no podría seguir siendo fuerte y me derrumbaría. Me tumbé en la cama y me dormí al instante. Al cabo de unos diez minutos empecé con unos temblores brutales. “Tengo mucho frío”, le dije a mi madre y me empezó a poner de todo por encima; una manta, una chaqueta,… Duró un rato y no nos asustamos, ni ella ni yo. Sabíamos que era una mezcla de subida de leche y agotamiento profundo.

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