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Respira

Cuando sientas que la maternidad te desborda, respira. Cuando no sepas cómo calmar este bebé que acaba de salir de tu vientre, respira. Cuando las visitas, el ruido, la luz excesiva y la poca empatía te hagan daño, respira. Respira y no pienses, no pienses en nada. Observa cómo la mente va lanzando pensamientos al vuelo, pero te agarres a ellos, sólo observa y respira.

Tener hijos: ¿Dónde me he metido?

Que levante la mano quien alguna vez, a lo largo de la crianza de los hijos, no haya pensado “¿dónde me he metido?” y haya tenido tentaciones de empezar a correr. Las circunstancias pueden ser diversas: después de un parto terriblemente complicado, en una noche de llanto de bebé que parece que no se vaya a terminar nunca, la primera vez que está enfermo y no sabemos qué tiene, ni qué hacer… en la etapa de las rabietas por todo, etc. Cada uno tendrá aquel momento en que sintió que no podía más, que aquello era horroroso, que no podría sostenerlo y salir adelante.

La noche del loro

Ignasi hoy estaba contento. Hacía 10 años que habían empezado a salir con la que ahora era su mujer y por la mañana, aún tumbados en la cama, habían dicho que por la noche lo celebrarían con una cena “especial”. Hacía mucho tiempo que no hacían una cena “especial” porque hacía apenas 13 meses que se habían convertido en padres y, al anochecer, solían estar tan cansados​que estaban por poco más que para cenar lo primero que encontraban y acostarse.

La perfecció

A menudo pienso que tenemos un concepto erróneo de la perfección. Así en general, pero especialmente en cuanto a la perfección en la maternidad y paternidad. Cuando pensamos en estos términos, supongo que nos imaginamos un padre o una madre que nunca pierden el norte, que saben todo lo que le ocurre a su hijo, que concilian, que saben jugar y que lo hacen, que le cuentan cuentos antes de acostarse, que elaboran comidas exquisitas, que nunca están de mal humor, que mantienen la figura y llevan el pelo impecable… Y eso… es imposible. La perfección, en estos términos, no existe y no ha existido nunca. Desconfiemos de alguien que nos haga creer lo contrario. Intentemos hacerlo lo mejor posible, pero no busquemos este tipo de perfección, porque acabaremos agotados y obtendremos una gran frustración.

El otro Julio

Julio era otro. Desde que había nacido su hija, él era otro. Ni en los momentos más optimistas, su compañera Blanca hubiera podido imaginar hasta qué punto habría cambiado Julio convirtiéndose en padre. Había ratos que ella lo miraba embobada pensando, “no puede ser que sea el mismo hombre que hace un mes”, porque había pasado del mayor de los escepticismos con respecto a la paternidad, a quedarse absolutamente enamorado de un bebé pequeñito y rosado que se llamaba Lua y que por ahora sólo hacía que mamar y dormir.

Los celos entre hermanos: cómo abordarlos

Los celos entre hermanos: cómo abordarlos

En primer lugar, espero no decepcionar a nadie si digo que todos los niños tienen celos. Sí, todos, sin excepción. Celos de hermanos o del padre, o de que sus padres se abracen, o de los abuelos, o de un primo, o de un amigo que un día viene a jugar a casa… Digo tan contundentemente que todos los niños tienen celos como que todos los niños en algun momento sienten enfado, rabia, alegría, felicidad, tristeza infinita, miedo… y un sinfín de emociones más. Con los celos pasa algo estraño y es que muchas veces no queremos verlos. No queremos aceptar que nuestro hijo mayor siente celos, o el pequeño, da lo mismo. Queremos pensar que no los sienten porque no queremos ver que sufren por algo que, de alguna forma, hemos provocado nosotros: que tengan un hermano. O sea que entonces pasan esas cosas como por ejemplo encontrarte a alguien conocido por la calle que acaba de tener a su segundo hijo y te comenta: “muy bien, oye, el mayor no tiene nada de celos, en absoluto”. Al cabo de un tiempo os volvéis a encontrar y te dice “continuamos estupendamente, ninguno de los dos tienen celos, se quieren con locura… Sí que por la tarde están muy demandantes y lloran sin motivo muchas veces, pero celos, ¡ni hablar!”. Y yo digo… vaya, qué raro que estos niños no sientan nunca celos el uno del otro teniendo que compartir lo que más quieren, o sea, sus padres!

Des-ubicado

David había salido de casa con prisas porque ya llegaba tarde. Había dejado durmiendo en el sofá a Irene, su compañera, y a Max, su hijo de dos meses, que se resistía a soltar el pezón de su madre. Estaban de foto, había pensado mientras se ponía la chaqueta. Él, antes de salir, había recogido la cocina y había puesto una lavadora. Cuando miró el reloj soltó un “mierda”, porque era muy tarde. Su hermana lo mataría, pensó. Habían quedado en una cafetería del centro a las cinco para, después, ir a comprar el regalo de su padre, que aquel domingo, al día siguiente, cumplía 70 años.

Los adultos, seamos adultos

Normalmente hablamos mucho del comportamiento de los niños, de cuando hacen cosas que nos irritan, de cuando están demandantes a más no poder, de cuando reclaman tanto de nosotros que a veces nos agotan. Yo he hablado de ello en este blog muchas veces. Y hoy quiero decir bien alto y claro: eso que hacen ellos, reclamar mama y papa tanto como pueden, querer dormir con nosotros, querernos tener siempre cerca, alargar al máximo los ratos con nosotros, etc, es NORMAL. Es normal que lloren cuando se quedan en la escuela y aún no están habituados a estar allí. Es normal que no quieran que trabajemos todo el día. Es normal que reclamen nuestra atención de todas las maneras posibles si sienten que tienen menos padres de lo que necesitaría su alma.

Stop violencia obstétrica

De violencias hay de muchos tipos, también en lugares que, de entrada, nos parecería imposible. Por ejemplo, dentro de un hospital. Traspasar la puerta de un centro sanitario debería suponer estar protegidos, asegurando que nada ni nadie nos hará daño, nos humillará o nos atacará. Pero esto no siempre es así. Mucho más a menudo de lo que aparentemente parece…

L'home pare

Cuando yo nací, mi padre no pudo entrar en la sala de partos y tuvo que esperarse fuera, como hacían casi todos los hombres en aquella época. En el nacimiento de mi madre, quien acompañó mi abuela en todo el trabajo de parto fue su hermana. Mi abuelo estaba trabajando, en el campo, y fue hacia el hospital con el tractor cuando le avisaron que mi madre ya nacía.

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