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La teva arribada

Hace días que voy haciendo la cuenta atrás. Hace días que he empezado a rememorar qué pasaba a estas horas hace un año. Recuerdo los lugares, las personas, los momentos, la situación… Y creo que también recuerdo los sentimientos, las emociones de aquellos instantes en que sabes que está a punto de cambiar tu vida. No sabes cómo ni en qué grado, pero sabes que lo que sucederá te cambiará la vida, la manera de vivir y de ver el mundo. Es aquella emoción de saberte muy cerca de algo muy grande. Muy importante.

Frases per deixar de ficar la pota

Demasiado a menudo oigo frases que me dicen a mí o a mis hijas y pienso “Nooooooo, acabas de meter la pata” o “hacía falta decirme eso ahora?”… Como es algo que vivo yo y muchas madres me cuentan que también sufren con determinadas frases que les dicen familiares, amigos o desconocidos, aquí os propongo algunas ideas y reflexiones para dejar, por favor, de meter la pata.

La placenta

La placenta

Agosto de 2009. Entramos en el hospital con el plan de parto bajo el brazo donde decía, explícitamente, que queríamos que nos dieran la placenta. No conocía mucha gente que lo hubiera pedido pero teníamos claro que no queríamos que lo que había permitido que Laia creciera fuerte y sana dentro de mi vientre terminara en un contenedor. Debía tener un final más digno, después de todo lo que había hecho por nosotros. Y así, esa placenta terminó en el congelador de casa esperando su momento. Mi primera cesárea había sido un revés del que me costó un poco recuperarme emocionalmente y el día a día con un bebé era tan intenso, que no tenía ni tiempo ni ganas de pensar en qué teníamos que hacer con la placenta a partir de entonces. Pero todo llegaría.

El cuerpo y el postparto

El cuerpo y el postparto

Vuelvo a estar en ese momento. En ese momento en que tu cuerpo parece que vaya por un lado y tú por otro. El post parto tiene estas cosas: hace que tu cuerpo vaya a su rollo! Después del parto, me volví a quedar con esa barriga que parece que estés de tres meses con la diferencia de que ya…

La teta cura

Si habéis amamantado a vuestros hijos, sabéis que la teta cura. La teta cura la añoranza de mamá, la teta cura los golpes en la cabeza cuando aprenden a gatear, la teta lo cura… todo. Cuando nos echan de menos, cuando se hacen daño, cuando se enfadan o cuando tienen algún disgusto, los niños que hacen teta, se curan. Porque el pecho es leche calentita, es calor, es piel, es contacto, es consuelo y además, es analgésico. De todo ello os he hablado en muchos posts que encontraréis en la categoría de “Lactancia”.

Estres postraumático

Busco la definición que más encaja en mi historia y es esta: “se trata de un acontecimiento en la vida del sujeto, una experiencia vívida que aporta, en muy poco tiempo, un aumento tan grande de excitación en la vida psíquica, que fracasa toda posibilidad de elaboración”. Esto es lo que me pasaba a mí. Me había estresado tanto todo lo que había pasado esa semana (dormir tan poco, sentir tantas cosas y tener tan poco tiempo para elaborar todo lo sucedido) que una vez en casa llegó el estrés.

El día del alta

Hacía días que no preguntaba nada sobre cuándo nos darían el alta; me lo habían dejado muy claro, eran 7 días. 7 días significaba que podríamos irnos a casa el viernes. Era jueves por la mañana y la pediatra dio el alta a la última madre con quien más nos habíamos relacionado hasta entonces. Las otras dos con quien había tenido más contacto ya estaban en casa. O sea que en esa sala de neonatos tan llena cuando ingresamos, sólo quedaban dos niñas prematuras, una niña en la UCI y Lua.

El día que me hundí

Serían sobre las seis de la mañana. Yo había estado en neonatos dando el pecho a Lua hasta que la dejé profundamente dormidita en su cama. Volví a mi habitación, justo al lado, a tumbarme y al entrar, mi madre me preguntó si Lua ya dormía. “Esto es una mierda”, dije, y diría que me cayeron lágrimas. Ella se levantó para abrazarme pero le dije que no, bruscamente y con la excusa de que quería dormir. Pero no era por eso que no quería que me abrazara, sino porque si lo hacía, tenía la sensación de que no podría seguir siendo fuerte y me derrumbaría. Me tumbé en la cama y me dormí al instante. Al cabo de unos diez minutos empecé con unos temblores brutales. “Tengo mucho frío”, le dije a mi madre y me empezó a poner de todo por encima; una manta, una chaqueta,… Duró un rato y no nos asustamos, ni ella ni yo. Sabíamos que era una mezcla de subida de leche y agotamiento profundo.

El día que se conocieron

“¿Cuánto hace que has llamado?” Esta soy yo, impaciente, preguntando a mi marido sobre esta noción de tiempo que a mí (todavía bajo el efecto de mil calmantes debido a la cesárea) y a él nos pasaba a velocidades distintas. Estaba impaciente porque ya estábamos en la habitación, yo con Lua piel con piel, y anhelaba que llegara Laia, su hermana.

De la oscuridad a la luz

De la oscuridad a la luz

“¿Lo tiene todo?”, fue lo primero que le dije a mi marido cuando me puso Lua, desnuda, encima de mi pecho. Estábamos en la sala de reanimación los 3, después de que en quirófano me cosieran la cesárea. Yo ya la había visto, a Lua, me la habían puesto justo al lado de la cara, tocándonos la piel y, llorando y emocionada, me la había comido a besos. Ella me miraba, tranquila, con unos ojos como platos.

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