No he dicho nada

No he dicho nada

Hoy hemos pasado un día fantástico. Hemos ido a la montaña, hemos paseado, hemos tomado el sol ante un paisaje magnífico y hemos ido a comer a un restaurante del primer pueblo que hemos encontrado. Era agradable. Había un grupo de 10 adultos y en otra mesa justo al lado, sus hijos de entre 4 y 10 años aproximadamente. Eran cinco niños. Dos mesas más allá, nosotros tres. Nadie más. El comedor era pequeñito, o sea que se oía y se veía prácticamente todo lo que decía y hacía todo el mundo…

Todo depende

A menudo hay madres que me consultan preocupadas por culpa de alguna frase categórica que alguien les ha dicho y que les ha hecho entrar el miedo en el cuerpo o mejor dicho, la inseguridad. Lo primero que deben saber los padres primerizos o los que están a punto de serlo, es que en la maternidad y paternidad hay muy pocos blancos y negros y en cambio, hay un montón de grises, de azules, naranjas, verdes, rojos intensos y tantos colores como os podáis imaginar.

Tancament o obertura?

Cuando hay una desgracia, automáticamente lo que viene es miedo. Miedo de que te pueda pasar a ti, de que pueda pasar a los tuyos. Si eres empático, resuenas con el dolor del otro y eso, aunque no queramos, a veces nos aterroriza. Y el miedo, ya lo sabemos, es “cierre”. Nos cerramos un poco al presente, evidentemente que para protegernos. Es una reacción natural que no debería preocuparnos, siempre y cuando este cierre no se perpetúe, siempre y cuando ese miedo no nos acompañe más de lo que sería «razonable».

Imposible dividirse

Eran la una de la madrugada y era la segunda vez que Nia se levantaba para ir a ver qué le pasaba a su hija de dos años. En el primer despertar, ya se había dado cuenta de que le pasaba algo. Le había dicho «fío» (cosa extraña en ella) y lo había notado quizás algo caliente. Pero Abril se había dormido enseguida y a ella no le había parecido que hubiera que poner el termómetro todavía… «Esperemos», pensó…

Dar y recibir

Dar y recibir

Dar y recibir. Parece sencillo… pero a veces, no lo es tanto. Hay quien sólo quiere recibir y está cerrado como una almeja a darse, a entregarse, ya sea a los demás, a la profesión o vocación, a la familia, a la vida, en general. Otros, en cambio, han basado su existencia en dar, y a menudo, lo que les cuesta es aceptar que también pueden recibir. El equilibrio quizás es sencillo pero yo creo que no lo es…

Chantaje

No soporto el chantaje, no lo he soportado nunca. Ni cuando era pequeña ni ya de mayor. A mí, el chantaje me provoca el efecto contrario de lo que quiere conseguir la otra persona: «si no tal tal… no podrás tal cual…» y me sale espontáneamente un «ah, pues vale» y pasando. El chantaje es una manipulación en toda regla, es el recurso fácil para conseguir que la otra persona haga lo que nosotros queremos. El chantaje con los niños, se suele aplicar con algo que les guste mucho y de esta manera, ante la posible pérdida de aquello que tanto les fascina, quizá acaben sucumbiendo y haciendo lo que queremos que hagan.

El otro Julio

Julio era otro. Desde que había nacido su hija, él era otro. Ni en los momentos más optimistas, su compañera Blanca hubiera podido imaginar hasta qué punto habría cambiado Julio convirtiéndose en padre. Había ratos que ella lo miraba embobada pensando, «no puede ser que sea el mismo hombre que hace un mes», porque había pasado del mayor de los escepticismos con respecto a la paternidad, a quedarse absolutamente enamorado de un bebé pequeñito y rosado que se llamaba Lua y que por ahora sólo hacía que mamar y dormir.

Y si…?

Hay dos clases de “¿y sí…?”. Una es la buena, la que está bien, la que no os tiene que asustar y es cuando, de repente, tienes una idea más genial que la anterior y de repente, te iluminas con algo que puede ir mejor, que puede ser más divertido, que puede haceroslo pasar mejor a todos… Por ejemplo, estás charlando con la pareja y habéis decidido que el domingo iréis a la montaña a hacer esto o aquello otro y de repente te viene aquella idea y dices “¿y sí… cambiamos de planes y vamos a la playa, que no haga tanto frío, y hacemos una paella al lado del mar y pasamos allí todo el día?”. O este: “¿Y sí… cuando salga de la escuela la vamos a buscar y vamos de pic-nic a tal lugar?”…

Les crítiques

Supongamos que Marga, una madre cualquiera, tiene mala relación con Paqui, su suegra. Cree que se mete donde no la llaman, se siente invadida cada vez que les visita o cada vez que le pregunta «¿qué día me dejarás al niño en casa?». Cuando están juntas procuran tolerarse y no decir nada fuera de lugar, pero cuando se separan, cada una critica a la otra. Marga, cuando llega su marido le dice «es que tu madre es pesadísima, cambia las cosas de lugar, no se calla, se mete en todo y le dice cosas a Roger que no me gustan». Paqui, si algún día cuida a su nieto, cuando su nuera se va dice «es que tu madre se preocupa demasiado, se piensa que sólo ha tenido hijos ella… Pero ¿cómo se puede ser tan gobiante, por Dios!» Y así cada dos por tres.

No hagamos difícil lo que es fácil

Cuando Laia hacía poco que había nacido, vinieron unos amigos a vernos para darnos la enhorabuena. Su hijo acababa de empezar P-3 y cuando les pregunté cómo le iba el cole me dijeron que algo mal desde que, tras los (¡atención!) 15 días de periodo de adaptación, tenían que dejar al niño en la puerta y él tenía que ir solo por el pasillo, entrar en clase y dejar la bolsa y la chaqueta en su taquilla. A su hijo le costaba. Le era muy difícil decirles adiós en la puerta y se le hacía una montaña tener que entrar en clase sin ellos cerca. Lo habían hablado con la maestra pero nada, eran «normas de la escuela» y punto.