0 a 1 años

Madres: heroínas cotidianas

Madres: heroínas cotidianas

Lidia era el primer día que se quedaba sola con su hijo, un bebé de un mes. Hasta ahora, el padre había podido estar con ellos y todo había sido muy, muy fácil. Hoy, para Lidia, digamos que empezaba «la hora de la verdad» y de alguna manera, le apetecía. Quería saber si lo conseguiría, si sería capaz de estar tantas horas con su bebé sola y si le gustaría, si sería feliz. Sentía como una especie de nerviosismo. Sabía que ahora debería calcularlo todo mucho mejor porque, por ejemplo, antes de sentarse a dar el pecho a Jack, debería pensar en coger el vaso de agua porque ahora no estaba su compañero a quien pedir «¿que me traes un vaso de agua, por favor?».

El perill de les màquines

El otro día, leyendo el periódico, me quedé atónita. Resulta que hablaban de aplicaciones móviles dirigidas a padres y madres para ayudarles en la crianza de los hijos. Es cierto que últimamente han salido muchísimas y francamente, yo, por ahora, no he encontrado ninguna que sea realmente útil (si alguien conoce alguna que valga la pena, que me lo diga, por favor). Volviendo al tema: resulta que han creado una que te ayuda a saber qué quiere tu bebé cuando llora (entendí que es para bebés recién nacidos o casi). Supuestamente ayuda a entender por qué llora.

Els efectes de la crisi

La crisis tiene mil caras y más de mil consecuencias. Hoy quiero hablar de una que he ido detectando en el último año y medio más o menos respecto a la maternidad. Hace un tiempo muchas madres después de parir, te contaban que alargaban la baja maternal con un permiso sin sueldo de unos meses, o que volvían a trabajar pero con una reducción de jornada. Ahora no. La crisis, la situación que viven muchas familias con, a menudo, un miembro en paro buscando trabajo desesperadamente, ha hecho que muchas madres ni siquiera se planteen otra opción que la de volver enseguida al trabajo. Y volver como les dicen, aunque les hayan cambiado condiciones, horarios, lo que sea. Basta echar un vistazo a los testimonios que van recibiendo la gente de Conciliación Real Ya. Cosas que antes no se permitían, ahora no sólo se permiten, sino que se aceptan sin rechistar.

El día de San Esteban

Berta aún no ha probado los canelones este día de San Esteban. Ha tenido trabajo poniendo el babero a Duna, preparándole su comida y charlando con su hermana, que ha venido de Alemania a pasar la Navidad en casa. Berta está contenta, siempre le ha gustado la Navidad y más ahora, que tiene una hija y que todo, absolutamente todo, lo ve con otros ojos. Finalmente comienzan todos a comer, son 11 en la la mesa. Los canelones están buenísimos, como siempre. Su madre es la reina de la cocina y Berta está segura de que nunca nadie podrá igualarla.

El otro Julio

Julio era otro. Desde que había nacido su hija, él era otro. Ni en los momentos más optimistas, su compañera Blanca hubiera podido imaginar hasta qué punto habría cambiado Julio convirtiéndose en padre. Había ratos que ella lo miraba embobada pensando, «no puede ser que sea el mismo hombre que hace un mes», porque había pasado del mayor de los escepticismos con respecto a la paternidad, a quedarse absolutamente enamorado de un bebé pequeñito y rosado que se llamaba Lua y que por ahora sólo hacía que mamar y dormir.

¡Guapa!

Sé que después de parir tardé siglos a volver a sentirme guapa. A volverme a sentir “estupenda”, a volver a tener ganas de arreglarme, de pintarme, de presumir… Si os tengo que ser sincera, no me importaba lo más mínimo. Yo era feliz dentro de mi burbuja de mujer acabada de parir, de mujer con los pechos a punto de reventar llenos de leche que mira y admira aquella criatura que ha gestado 9 meses dentro del vientre. Si estaba guapa o no, a mí, me importaba (cómo acostumbro a decir) 0. Al cabo de unos meses de burbuja, me di cuenta que me costaba volver a sentir mi cuerpo… mío. Era cómo si todavía no me acabara de pertenecer. La cicatriz, las tiranteces, los pechos… todo ello lo hacía algo más difícil y de hecho, hablé de esto en el post… “¿QUÉ LE PASA A MI CUERPO?”

Cosas que pasan…

Eran una pareja perfecta, decía todo el mundo. Iban a la una, eran divertidos, se quería un montón, eran felices. Hacía años que salían juntos y no habían tenido nunca ni una discusión de las que se denominan “importantes”. Habían comprado piso, coche, etc, a medias sin pensárselo: tenían tan claro que querían vivir para siempre juntos que no les daba miedo que un día algo se rompiera y hubiera que dividir todo aquello material que poseían.

Cuando hacía 5 años que ya estaban juntos decidieron ampliar la familia y todo había ido igual de perfecto que hasta entonces. El embarazo, el parto… incluso el postparto, un poco complicado al principio, habían podido superarlo con cierto éxito. Hasta ahora. Ahora que Jan tenía ocho meses y que gateaba por toda la casa, algo invisible había pasado y ya nada era tan fantástico

La chica que no hacía «nada»

La chica que no hacía «nada»

Ana hacía semanas que vivía la maternidad, más como un peso enorme imposible de soportar, que cómo algo buena que había venido a encontrarla. Su hijo, de casi cuatro meses y medio, había hecho los posibles, sin saberlo, para ponérselo todo muy fácil. Para “molestarla” lo mínimo. Ella, a pesar de tener un hijo que dormía largas tiradas por la noche, que prácticamente no le entorpecía su vida con ninguna molestia, no estaba satisfecha ni feliz. En cambio, Miguel, el padre, se sentía feliz como nunca. Satisfecho, como si de repente, estuviera por fin, completo. Cómo si todas las piezas del rompecabezas hubieran encajado de una vez por todas. De hecho, lo único que lo hacía estar intranquilo era la mirada que le veía a Ana. Sin luz. Una mirada ausente, lejana, que dejaba entrever una tristeza profunda.

I els preàmbuls?

Nuria hacía días que intentaba encontrar el momento. Lo buscaba, pensaba en ello, intentaba pillarlo al vuelo, pero el momento no llegaba nunca. Hacía muchos, muchos días, que tenía ganas de hacer el amor con su marido. Hacía tantos días, que tenía la sensación de que ya no podía más; que o lo hacían hoy o ella reventaba. A él le pasaba lo mismo. Sin decírselo, también intentaba encontrar el momento. Pero más que buscarlo, él sólo lo pensaba… lo imaginaba… Cuando la veía salir de la ducha por la mañana, o cuando la veía con ropa cómoda haciendo la cena, o cuando se despertaba con ella a su lado y la veía dormir, siempre pensaba «¿y si ahora… ?» pero nunca era el momento. Porque en cada momento de estos él llevaba un bebé en brazos que también miraba a su madre como hacía la cena, que también veía a su madre salir de la ducha y le miraba los pechos con cara de deleite (¡más que su padre!), y que también tenía a su lado cuando se despertaban los tres casi al mismo tiempo.

Des-ubicado

David había salido de casa con prisas porque ya llegaba tarde. Había dejado durmiendo en el sofá a Irene, su compañera, y a Max, su hijo de dos meses, que se resistía a soltar el pezón de su madre. Estaban de foto, había pensado mientras se ponía la chaqueta. Él, antes de salir, había recogido la cocina y había puesto una lavadora. Cuando miró el reloj soltó un «mierda», porque era muy tarde. Su hermana lo mataría, pensó. Habían quedado en una cafetería del centro a las cinco para, después, ir a comprar el regalo de su padre, que aquel domingo, al día siguiente, cumplía 70 años.