Hay una cosa en la maternidad/paternidad que a veces incomoda muchísimo y es que las corazas que teníamos y que llevábamos con más o menos esportividad y orgullo, se funden. Nuestros hijos tienen la capacidad innata de vernos como somos, más allá de lo que queremos esconder o deseamos aparentar. No hay escapatoria, cuando tienes hijos: te descubren, te desnudan y no hay coraza que ellos no puedan atravesar o fundir de una mirada.

Algún día nos damos cuenta, más tarde o más temprano, que nuestro hijo sabe perfectamente quien somos. No quien nos gustaría ser ni cómo anhelamos ser, sino quien somos realmente.

Son capaces de ver y descubrir nuestras virtudes, incluso aquellas que ni tan siquiera tenemos idea que poseemos, y a la vez, ver también todos nuestros defectos, todas nuestras incoherencias, dudas, meteduras de pata y falta de herramientas.

Ser adulto incomoda a veces, y ser madre/padre, todavía más. Porque de la misma forma que un día nos damos cuenta que con un hijo no podemos escondernos, también un día estamos casi obligados a preguntarnos por qué seguimos llevando esa coraza, de qué nos escondemos, quién pretendemos ser y no somos, qué queremos esconder o qué tememos que descubran… Y cada una de estas preguntas nos obliga a responsabilizarnos de cosas que quizás nunca nos habíamos parado a pensar, o que ni siquiera intuíamos.

Si no queremos agarrar las riendas de quién somos, es posible que al vernos descubiertos, culpemos a los hijos de hacernos hacer tal cosa, o de hacernos ser de esta u otra forma. Pelotas fuera. Ya sabes, aquello de que la mejor defensa es un buen ataque. Pero seguirán descubríendonos… Porque un hijo también te conoce como si te hubiera parido, no sé por qué extraño motivo llega un día que ellos lo saben todo. Desde un lugar que no tiene nada que ver con la razón, lo saben todo desde muy adentro. Saben si somos una persona agresiva o no, si les humillamos o no, si disfrutamos con ellos o no, si gozamos de su presencia o si nos estorban. Y no podremos nunca engañarles, ni cuando sean mayores y creamos que de su infancia ya casi no se acuerdan.

Puede ocurrir que para poder sobrevivir, nuestros hijos se autoengañen, haciéndose una imagen de nosotros que no es fiel a la realidad. ¿Por qué? Pues porque cuando se den cuenta que no nos ha gustado ser descubiertos en nuestra forma de ser y actuar, probablemente empezarán a negarse lo que sienten y lo que ven para no enojarnos más. A ningún hijo le gusta ver a su madre/padre enfadado o triste.

Y eso es la semilla que hará que pierdan su derecho a mostrarse tal como son, y se vestirán una coraza. Esta es la cadena fatal que nos vamos traspasando de padres a hijos.

Porque a veces la realidad es tan difícil de encajar, que preferimos creer que nuestros padres nos amaban un montón, se lo pasaban bomba con nosotros y que todo lo quizás “menos aceptable” era sólo por nuestro bien, justamente porque nos amaban tanto, o simplemente, intentamos olvidarlo… La mente moldeará la realidad de tal forma que nuestros hijos puedan crecer en paz, con cierta estructura, aunque sea con cimientos de arena…

Pero su cuerpo, sus células, su parte más sabia se acordará de todo.

Esto, la incomodidad que pueda despertarnos el darnos cuenta que nuestros hijos lo saben todo, puede ser una bendición. Puede ser una oportunidad: de podernos encontrar y aceptarnos tal como somos. Una bendición porque por fin ya no hace falta andar con corazas y podemos descubrir cómo nos sentimos sin ellas, qué queríamos esconder, de dónde flaqueamos… e indagar, poner conciencia, sanar heridas, buscar ayuda si la necesitamos, respirar más libres, vincularnos más y mejor con nuestros hijos, buscar más herramientas para ser mejores padres/madres, caminar más ligeros, sin cargas inútiles, ser más humildes, pedir perdón y reconciliarnos con ellos y con nosotros mismos…

Y entonces estaremos en igualdad de condiciones; comunicándonos como iguales, sin corazas que nos pongan unos por encima de otros. Nos miraremos cara a cara y veremos quiénes somos de verdad. Y en ese justo momento, mientras miremos a los ojos a nuestros hijos y ellos los nuestros, nos daremos cuenta, al fin, que en realidad, somos lo mismo. Que en realidad nos conocemos tanto y tan bien porque somos 1.

 

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