El sábado bailé como si no hubiera un mañana. Bailé como si no hubiera bailado nunca o no pudiera volver a hacerlo jamás. Bailé desde que sonó la primera canción hasta la última, moviendo cada célula de mi cuerpo.

El sábado fuimos de boda. Unos buenos amigos, a quien hace 13 años presenté yo misma, decidieron celebrar su amor delante de familia y amigos y fue precioso. Todo: verlos tan felices, emocionarnos juntos, ser felices con ellos, reír, compartir, celebrar… y bailar.

La del sábado fue una boda de aquellas en las que no bailan 4 gatos, sino todos los invitados. Una boda de aquellas en las que todo el mundo se entrega en corazón y alma a la música y, de verdad, es justo lo que necesitaba. Horas después, cuando reventada y con los pies hechos polvo de tanto bailar (¡y con tacones!) me tumbé en la cama, pensé que tal vez alguien pensó que había bebido. Y no, no había bebido ni una gota de alcohol. Bueno, sí: un trago ínfimo de vino blanco y otro de cava para el brindis.

Pero necesitaba bailar como si no hubiera un mañana. Quizás esto sólo lo entenderán otras madres en plena época de crianza absoluta de sus hijos, madres en plena centrifugadora: que de repente miras atrás y te das cuenta que hace siglos que no bailas.

Porque hace siglos que no sales a cenar y a bailar, porque no has tenido ocasión, porque cuando estabas embarazada estabas muy cansada como para salir, porque cuando un día las amigas quedaron, tú tenías a la mayor con vómitos y te lo perdiste, etc. Resumiendo, que hay días que las madres miramos atrás y hace mucho, muchísimo, del último día que bailamos.

Y un día recibes una invitación a una boda que te hace especial ilusión y cuando se acerca te das cuenta que habrá baile y que, quizás, si no tienes ninguna niña enferma, si no llueve y todo acompaña, podrás bailar como te gusta hacerlo. Y llega, y todo cuadra, y eres feliz y suena música y te puedes mover y bailar, y compartir ese momento tan bonito con los amigos, con tus niñas, con tu marido… y te sientes flotar. Y no quieres que se acabe, y no te pierdes ni una canción. Y no te hace falta ni una brizna de alcohol para disfrutar de todo aquello a lo máximo porque tienes tanta oxcitocina recorriendo tu cuerpo que te podrías hacer donante!

Celebrar. Siempre es un buen momento para celebrar, para cantar, para bailar. Y quizás, a veces, lo hacemos poco.

Por supuesto que esto de bailar lo hago menos de lo que me gustaría, y eso que bailamos mucho en casa, y cantamos aún más. Por eso el sábado salí a la pista y lo di todo! 🙂 Y fui taaaaaaan feliz! De verdad, hay cosas que no se pueden describir con palabras y esta es una de ellas.

O sea que si alguna vez vais a una boda, o a una fiesta, o donde sea que haya baile, y veis una madre bailando como si no hubiera un mañana, pensad que no hace falta que tome ni una brizna de alcohol, porque con la oxcitocina que le genera ese momento tiene de sobra para disfrutar como nunca.

Pensad, simplemente, que tal vez hace demasiado que no bailaba y que lo echaba mucho de menos sin saberlo.

Pensad que tal vez baila tanto porque no sabe cuando volverá a tener ocasión de hacerlo. Disfrutad de verla disfrutar tanto y ¡bailad con ella!

Gracias a los novios, por un día tan bonito y por propiciar estos momentos mágicos. Y gracias a todos los que participaron de él y compartieron baile en la pista! 😉

 

1 Comentario

  • Lai

    quina veritat!! jo trobo molt a faltar ballar, i m’en vaig adonar a un casament l’any passat precisament 🙂

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