4.7.2013

 

Que la vida está en constante cambio, eso lo sabemos todos. Pero quizás hasta ahora no lo habíamos visto, oído, palpado, con toda su fuerza. La crisis global en la que estamos inmersos hace que no podamos prever casi nada; no sabemos si mañana tendremos trabajo, si tendremos que cambiar de país para tenerlo, etc, y cuesta mucho hacer previsiones. Hace unos años la gente hablaba de trabajo, vivienda… y de vida en general, y a menudo se añadía la palabra «estable». Ahora ya no. Porque parece que nada lo sea, porque ahora sí, notamos y sentimos que absolutamente todo está en continuo movimiento.

 

Si cuesta hacer planes de futuro… ¿qué nos queda? El presente. El aquí y ahora, eso que nuestros hijos dominan tan bien y entienden a la perfección.

 

A ciertas edades las palabras «mañana», «el sábado», «julio», «dentro de un rato», no tienen ninguna importancia porque no se pueden dotar de significado. Los bebés y los niños pequeños sólo entienden lo que ocurre ahora, en este preciso momento, y a él se entregan en cuerpo y alma. Lo viven todo intensamente: cuando lloran lo hacen con esa fuerza, con esa desesperación que parece que el mundo se tenga que hundir a sus pies. Cuando están contentos y son felices, lo iluminan absolutamente todo.

 

A menudo planteamos la crianza de los hijos como un momento en que somos nosotros, los padres, los que enseñamos, los que los guiamos y acompañamos en esto tan apasionante y a veces complicadísimo que es vivir. Todavía hay muchísimas personas que creen que de los niños podemos aprender pocas cosas… Y nada más lejos. Porque nuestros hijos son, queramos o no, nuestros pequeños maestros. Porque nos hacen de espejo, nos tocan en los lugares más profundos de nuestra alma, nos remueven y nos obligan a adaptarnos al momento, a aprender sin parar, porque eso, la crianza de los hijos, es una carrera que nunca termina.

 

Y quizás ahora, en plena crisis a todos los niveles, es cuando creo que podemos aprender más. Sí, sí, de nuestros hijos… Ellos, que todo lo imitan de nosotros, ¡tienen tanto que enseñarnos! A vivir el presente, el ahora y el aquí, sin expectativas, sin ideas preconcebidas, sin juicios y sin culpas. Propongo que los observemos, que miremos cómo juegan, que miremos como hacen todo lo que hacen, que miremos como hablan (si ya saben hacerlo)… y que nos llenemos de todo ello para, después, poder imitarles. Con la práctica, tal vez aprenderemos a vivir cada momento con toda su intensidad. Porque a los adultos nos pasa demasiado a menudo que no tenemos suficiente con lo que vivimos: cuando estamos embarazadas ya queremos parir, cuando nuestro hijo tiene quince días ya queremos que tenga tres meses. Cuando finalmente los cumple, queremos que tenga ocho y empiece a gatear. Cuando gatea deseamos que ande, cuando tiene un año queremos que haga dos… como si nunca pudiéramos acabar de disfrutar «sólo» del presente, de lo que estamos viviendo a cada momento.

 

La crianza, en determinadas etapas, se hace pesada y tenemos prisa, demasiada prisa, y ponemos todas las expectativas en cuando esa etapa habrá terminado. Si se despierta muchas veces por la noche, deseamos que crezca y lo haga menos y vivimos aquel momento como un auténtico calvario cuando, es probable, que el bebé o niño pequeño haga simplemente, lo que le toca por la edad que tiene. Si empieza a no querer pañal, la etapa del control de esfínteres se hace larguísima y nos parece que no tendrá fin. Y no. Todo pasa, y aunque en ese momento no nos lo parezca, pasa muy rápido.

 

La prisa de que crezcan, la imposibilidad de vivir el presente como lo hacen nuestros hijos, esa manía nuestra de poner todas las expectativas en el futuro, hace que no podamos acompañarlos como deberíamos hacerlo en cada proceso que viven. Porque notan nuestra decepción, o cansancio, o prisa. Y de alguna manera, también nuestra ausencia.

 

No física, sino sobretodo, emocional. Es como quien dice «cuando tenga trabajo seré feliz» y cuando lo tiene «cuando me suban el sueldo, seré feliz», y cuando lo hacen «cuando trabaje menos horas y tenga más tiempo seré feliz»… y nunca encuentra el momento, nunca llega la hora de ser feliz de verdad.

 

Alguien dijo que la vida es lo que pasa mientras hacemos planes. Los niños pequeños no hacen planes y saben que lo único que importa está aquí y ahora. Propongo que busquemos en nuestra memoria lo que un día, cuando crecimos, olvidamos, y encontremos el gusto para vivir en el presente, en cuerpo y alma. Para dejar de proyectar en un futuro que nos es incierto y apostemos por vivir. Vivir ahora, vivir aquí y hacerlo de la mano de nuestros hijos. Quizás a ratos nos da miedo este cambio de paradigma: si es así, observémosle de nuevo y hagamos como ellos prueba-error, prueba-error, hasta que vivir en el presente nos salga espontáneamente y de la manera más natural del mundo. Exactamente como hacen ellos.

 

 

(Artículo publicado en el número de juliol y agosto de la revista CRECER EN FAMILIA, que os recomiendo de todo corazón por sus contenidos)


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