El compromiso

La ma(pa)ternidad es mucho más que tener un hij@. Para mí, significa un aprendizaje, sin duda, pero sobre todo, un compromiso con el niñ@ que ha venido a nosotros o que hemos ido a buscar, también con nosotros mismos y un compromiso inevitable con la vida.

Si algún día una madre embarazada me pidiera un consejo para criar a su hij@ tengo claro lo que le diría: intenta ser feliz. Porque si la madre es feliz casi seguro que el hij@ también lo será. Es tan simple y tan básico este consejo que puede parecer incluso absurdo o irreal. Pero os aseguro que yo lo he visto mil veces; los bebés, si las madres no estamos bien, tampoco pueden estarlo.

Porque vibran con nosotros, porque casi somos la misma cosa, porque nos beben, nos comen y nos aman hasta tal punto, que vernos tambalear, hace que también ellos pierdan el equilibrio. Os he hablado muchas veces de la fusión emocional, pues bien, es eso. Madre y bebé fusionados, vibrando en la misma onda…

Es posible que ahora, que lees esto, te sientas culpable por si en algún momento no has sido feliz o no has estado bien, o te has sentido perdida, desgraciada, triste o dolida. Es normal. Es imposible estar siempre pletórica, y tampoco es necesario.

La diferencia es la conciencia. Saber qué pasa. Saber si se trata de una tristeza, infelicidad, o dolor puntual… o más bien profundo y arraigado en nosotras. Incluso es posible que ahora me estés leyendo y pensando: “de acuerdo, no soy feliz la mayor parte del tiempo… y ahora, ¿cómo demonios lo hago para serlo? ¡Ya lo sería, si pudiera!” Y tienes toda la razón.

Entiendo que sentirte mal no es precisamente lo que quieres y menos, con un hij@ en brazos. Pero es justamente por eso que he escrito el párrafo del principio, porque hay una parte de responsabilidad de los adultos, porque nos corresponde a nosotros tomar las riendas para conseguir descifrar o desatascar lo que no encaja.

Cuando nadie depende de mí, es mi elección decidir si quiero o no hacer algo para cambiar el rumbo de mi vida. Puedo decidir que no tengo fuerzas o que no tengo ganas de sumergirme en mi historia y desentrañar una infelicidad instalada desde quién sabe cuándo.

Puedo simular que no tengo la clave para cambiar las cosas, que todo es culpa de los demás o que simplemente, me da demasiada pereza o demasiado miedo. Es lícito. Es mi vida y puedo hacer lo que quiera con ella.

Pero si decido tener un hij@, si lo llevo en mi vientre o si lo estoy criando y siento que algo no encaja, ya no puedo hacer lo que me dé la gana. Hay un compromiso aunque quizás ni siquiera lo sabía mientras lo firmaba, pero ahora ya es inevitable: tengo la responsabilidad de hacer algo. De indagar, de llorar, de buscar quién puede ayudarme.

No puedo permitirme estar mal, revolcarme por los siglos de los siglos en mi tristeza y ahogarme, porque esto tiene una consecuencia directa sobre mi hijo y él, lo siento, no tiene ninguna culpa. Él se lo merece todo y por supuesto, también se merece una madre contenta, serena y feliz.

“No es tan fácil” quizás piensa alguien… Y yo no he dicho que lo fuera. Al contrario, se trata de arramangarse y picar piedra sin saber cuándo empezaremos a alejar lo que nos angustia, lo que no nos deja terminar de disfrutar de la maternidad y, evidentemente, de la vida.

Adentrarnos en los caminos del amor y sobre todo de la ausencia de este en nuestras vidas es doloroso y poderoso. Puede que tengamos miedo de caer. Pero no pasa nada… Busquemos ayuda, quizás solos no podremos atravesarlo pero seguramente sí que podremos cuando alguien nos dé la mano para ir caminando hacia la parte más oscura. Vale la pena.

Al otro lado del túnel hay luz y nos espera un bebé o un niño pequeño ansioso de madre contenta, de madre tranquila, de madre que acompaña, de madre empática y adulta, responsable y capaz de sostenerlo.

Es nuestra responsabilidad, nuestro deber y este, lo siento, es mejor no rehuirlo. Si lo hacemos, si ignoramos lo importantísimo que es que estemos bien nosotras, tarde o temprano nos pasará factura. Y al cabo de los años, miraremos atrás y ¿que veremos?

Una madre infeliz y un bebé/niñ@ llorando como diciendo: “mamá, ¡haz algo! Te necesito”. Y eso es mucho peor que atravesar ningún túnel, por más oscuro y largo que sea.

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Míriam Tirado

Míriam Tirado

Consultora de crianza consciente y periodista especializada en maternidad, paternidad y crianza. Me dedico a ayudar a madres y padres a conectar con sus hijos/as.

8 respuestas

  1. Aquest sentiment de culpabilitat jo l’he sentit moltes vegades. Pensar que la felicitat dels teus fills depèn en gran mesura de la teva es una cosa de vegades difícil d’assumir. Pero al final penso que si s’és natural, i s’accepten els errors i els mals moments com situacions que ens ajuden a millorar podem continuar gaudint de la felicitat que suposa tenir un fill

    1. Sí… no es tracta d’agobiar-nos tot el dia intentant ser perfectes, sinó simplement, intentar saber per què no podem gaudir del moment i fer-hi alguna cosa. A vegades el sol fet de prendre consciència ajuda a què ens anem sentint diferent, a què puguem buscar ajuda i ser, cada vegada, una mica més felices… Ells s’ho mereixen i nosaltres… TAMBÉ! 🙂
      Petons

  2. Yo estoy convencida de que nuestro estado de ánimo afecta totalmente a nuestros hijos, como bien has dicho, existe una fusión, sobre todo en los primeros años, en la que somos casi uno.
    Creo que lo sano sería querer estar bien por uno mismo, pero cuando tenemos un hijo es verdad que tenemos que ser conscientes de que si queremos que él esté bien primero debemos estar bien nosotras. Y aunque a veces nos cuesta, debemos hacer lo que esté en nuestra mano, aunque sea pidiendo ayuda.
    Como en todos los aspectos ellos nos hacen querer ser mejor personas.
    Un abrazo

    1. Exacto Carol, lo siento así. Ellos notan cada emoción, cada agobio, cada pizca de angustia… y es justamente por eso (a parte de por nosotras mismas) que debemos agarrar las riendas y hacer lo que haga falta intentar liberarnos de cuanto nos haga infelices. No es fácil pero es posible.
      Un beso.

  3. Muy buena tu reflexión, quizás cuando firmamos “ese contrato” no tenemos conciencia del grado de responsabilidad con nosotros mismos, en aras de la responsabilidad con ellos. Hay días en los que me apetece entregarme a la melancolía como hacía antes de ser madre, pero ya nada es igual, merece la mejor versión de mi y eso tendrá aunque haya que cruzar oscuros túneles.
    Un abrazo

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