Muchísimas veces he escuchado como madres embarazadas del segundo hijo, contaban que tenían la sensación de no hacer caso al bebé que gestaban. Que el día a día y la crianza del primero las absorbía de tal manera que en un momento u otro se sentían culpables por no poder hacer las mismas cosas que habían hecho en el primer embarazo.

Yo escuchaba y entendía lo que me decían, pero no podía decir mucho ya que era un camino que yo no había transitado.

Y un día me quedé embarazada por segunda vez, y poco a poco me fui dando cuenta de que este embarazo era muy distinto del otro. No el embarazo en sí, sino el momento y lo que podía y no podía hacer.

En algún instante del primer trimestre e inicio del segundo también me sentí culpable.

Recordaba como, gestando a Laia, me tumbaba casi cada día al atardecer en el sofá y me ponía música tranquila y me conectaba a ella y le hablaba. Recordaba como pintaba, cada semana, un mandala pensando en Laia e inspirándome en «nuestro» momento. Y entonces venía la culpa: «no tengo tiempo de hacer lo mismo, no puedo hacer lo mismo», y a días me daban ganas de llorar.

Pero poco a poco y con la ayuda enorme de mi madre, que es una mujer muy sabia, me fui dando cuenta de que no había lugar para la culpa. Lo que tenía que hacer era, sólo, aceptar el ahora. Aceptar que este momento, 5 años después de gestar a Laia, no tenía nada que ver con el anterior.

Yo ya no soy la misma, mi núcleo familiar no es lo mismo, la energía que hay en casa no tiene nada que ver , ni tampoco la madurez mía, de su padre y nuestra como pareja. Y la gran diferencia es que YA soy madre. Y esto lo cambia todo.

¿Que no puedo pintar mandalas yo sola cada semana? Tal vez no, pero cuando tenemos unos días de fiesta los pintamos los tres juntos. ¿Que no puedo escuchar música y tumbarme cada día tranquilamente por la noche? No, pero cada día cuando acuesto a Laia le canto, y también cuando vamos en coche, y bailamos cuando nos apetece…

Poco a poco he ido sintiendo que somos indivisibles: que cuando estoy con Laia, contándole un cuento, jugando o llevándola a la escuela, está también Lua haciendo lo mismo con nosotros. Y aunque su padre esté en el trabajo, nos piensa y nosotras lo pensamos a él.

Cada vez, con cada nueva semana de gestación, ha ido creciendo más y más la conciencia de cuatro, la conciencia de indivisibilidad. Incluso en los momentos que nos dedicamos como pareja o con Lua, yendo a cenar fuera, haciendo preparación al parto o lo que sea, allí también hay un espacio emocional para Laia. Incluso cuando me dedico momentos para mí y Lua, allí también están él y Laia conmigo.

En mi imaginario, en mi corazón, en mi vínculo invisible que me une a ellos como familia mía que son. Hagamos lo que hagamos, no podemos excluir una hija y hacer entrar la otra y viceversa. Vamos juntos, los cuatro, estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos, aunque en espacio y en tiempo quizás no estemos todos juntos con presencia física.

Quizás cuesta de entender, tal vez me cuesta explicarme, pero estoy segura de que muchas madres y padres que tiene una familia de cuatro o de cinco o de seis, seguro que sabéis exactamente de qué os hablo. Y en esta conciencia de pack indivisible ya no hay lugar para la culpa, sino sólo para el disfrute de esta nueva conciencia que se amplía con un nuevo ser.

Curioso que yo haya ido haciendo este proceso de comprensión de lo que somos ahora y que, paralelamente, y de manera mucho más fácil y simple, Laia haya hecho lo mismo. Hace una semana que habla siempre del número 4. En sus dibujos ya no falta Lua. La tiene presente, al igual que nos tiene a nosotros y dice con felicidad y gozo “mamá, es que nosotros ya no somos tres, eh, ¡es que somos cuatro!».

La culpa, cuando gestamos un nuevo hijo, les transmite una carga que creo que no les corresponde. Dejemos de flagelarnos por, simplemente, estar viviendo una nueva realidad.

Esto es imposible de cambiar y no depende de nosotros. Aceptemos que somos diferentes nosotros y los que nos rodean y que el momento de gestación del nuevo hijo es, simplemente, distinto del primero que vivimos.

No malgastemos los preciosos 9 meses de embarazo sintiendo que no lo hacemos bien o no le damos suficiente. Estemos presentes en el ahora y el aquí y sabremos apreciar el gusto del nuevo momento, encontrándole todos los matices y con colores que ni siquiera habíamos visto todavía.

Respiremos profundamente y traslademos todo este júbilo al ser que gestamos dentro, liberémoslo de culpas estériles, de victimismos que no nos sirven de nada. De cargas que no son suyas.

Hagámosle libre de todo esto, al bebé y también a nosotros y celebremos. Celebremos el cambio, la evolución constante, la diversidad del momento y de lo que nos toca vivir. Es, creo, el mejor legado que podemos transmitirles. Junto con la conciencia de pack indivisible, unido por un hilo que no se ve y que se llama AMOR en mayúsculas.

10 Comentarios

  • alba

    Si algun dia un altre angelet ens tria com a pares m’aniran de meravella totes aquestes experiències que ara vius i que saps transmetre tant bé!

    • Míriam

      Gràcies guapa… I jo me n’alegraré moltíssim!
      Petons

  • Zary

    Te leo y me siento feliz por ti y con unas ganas inmensas de sentir y vivir lo mismo. Un abrazo grande que cruza el Atlántico hasta tu casa, hasta ti!!

    • Míriam

      Gracias Zary… Lo sé!
      Otro para ti preciosa!

  • Mireia

    M’ha encantat la teva reflexió. Pèls de punta. Si algun dia vaig a pel segon/a pensaré en tot aixo

    • miriam

      Que bé, me n’alegro. Una abraçada

  • Carin

    Gràcies, estem passant exactament aquesta situació ara mateix i com em reconforta llegir-te! M’agrada saber que no ho fem tan malament! Gràcies de nou!

    • miriam

      Estic segura que no. Una abraçada

  • Rosa

    L’has encertat, just ara mateix estem pensant en un segon i aquesta és una de les pors que no sabia com poder gestionar. Gràcies per mostrar la llum al final del túnel.

    • miriam

      Rosa, les pors ja saps: es respiren i marxen! Endavant, ser 4 és fantàstic! 😉 Una abraçada

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