16.6.2015

 

Cuando yo era pequeña me encantaba la asignatura de «gimnasia», pero había unos días que tocaba atletismo y ese era el día que quería esconderme debajo de las sábanas y no salir. Correr con los compañeros mientras el profesor tenía un cronómetro en la mano me hacía poner nerviosa porque lo de correr no me gustaba. Correr al sprint un momento aún lo toleraba. Pero eso de «Dad 3 vueltas a la escuela» y estar corriendo 15 minutos o más sacando el hígado por la boca, lo detestaba y siempre llegaba de las últimas.

 

En el instituto me pasaba lo mismo. Gimnasia era fantástico hasta el día que tocaba atletismo, y ya no digamos si un día nos hacían saltar vallas. Por favor, ¡qué cosa más difícil! Éramos unos cuantos a los que esto de correr nos empujaba la autoestima hacia abajo.

 

Pero fui creciendo y después de tener a Laia me di cuenta que si quería ir al gimnasio perdía demasiado tiempo yendo, duchándome, volviendo, etc. Era poco práctico porque tampoco sabía en qué momento tendría alguien para que me cuidara un rato de ella y yo poder salir a practicar un poco de deporte. O sea que mi marido me dijo «ve a correr». Con todo mi background con el atletismo digamos que tuve mis reservas pero veía que podía salir de casa corriendo y volver a con menos tiempo que yendo al gimnasio y toda la parafarnalia. O sea que empecé.

 

Los principios de practicar un deporte no son fáciles porque te sientes morir y muy bien no te lo pasas, pero poco a poco, lo vas disfrutando más y más. Y eso es lo que me pasó. Llegó un día que gozaba muchísimo de salir a correr un rato; ver paisaje, que me tocara el viento en la cara, el sol, sudar, pensar mientras corría… muchos de los posts que habéis leído me han venido mientras corría.

 

Pero lo dejé porque me volví a quedar embarazada y entonces llegó un buen parón para gestar, parir, criar intensamente…

 

Y hace un tiempo que me he vuelto a enganchar. Me va bien, me despeja, lo disfruto… no es como cuando estaba en el instituto que lo sufría. Ahora ya no.

 

Laia, Lua… con todo esto lo que quiero deciros es que las cosas cambian, vosotras cambiáis. Y que ahora, Laia, tengas una vergüenza que tumba de espaldas, no quiere decir que tengas que tenerla toda la vida. Es más, estoy segura de que algún día se irá y como eso, ¡tantas otras cosas! Los miedos que tenemos ahora, no los tendremos para siempre. Lo que nos pasa ahora no nos pasará siempre. Lo que no disfrutamos ahora lo podemos disfrutar un día. Lo que disfrutamos ahora podemos dejar de disfrutarlo otro. Nada es permanente, nada es para siempre.

 

Yo me sentía la más lenta de clase y la más patosa cuando tocaba atletismo y miradme ahora, como salgo a correr y lo bien que me lo paso! Ojalá hubiera sabido entonces que aquello no era para siempre…

 

O sea que no os agobiéis si algo no os sale bien ahora, o no os gusta hacer y querríais que os gustara, o lo que sea. La vida, con un poco de suerte, es larga y da vueltas y vueltas y va cambiando cosas, haciendo otras nuevas, deshaciendo otras viejas… No os ancléis en situaciones, en pensamientos, en deseos… pensando que todo será para siempre. Todo está en constante movimiento, todo está en constante cambio, también nosotras.

 

Lo único que permanece, y eso os lo aseguro, es el vínculo.

 

 

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