Hace tiempo que lo tengo claro, pero últimamente esta idea me viene cada vez con más fuerza. Que sí, que tenemos un problema y es con el «respeto». Nos cuesta respetar, así, en general. Empezando por nosotros mismos.

Nos cuesta respetarnos: lo que queremos, lo que necesitamos, lo que sentimos, lo que el cuerpo nos pide… Y nos traicionamos un día y otro por falta de respeto a uno mismo.

 Nos cuesta respetar al otro: lo que siente, lo que dice, lo que hace, lo que no hace, lo que necesita, lo que nos pide… Y los traicionamos un día y otro por falta de respeto al otro.

Nos cuesta respetar nuestros hijos: lo que necesitan, sus procesos, sus ritmos, su manera de ser, de pensar y de entender el mundo, sus demandas… y les traicionamos un día y otro por falta de respeto a nuestros niños.

Alguien puede pensar que exagero, pero si tenéis hijos, imaginaos un día de esos en que están difíciles o, mejor dicho, que los percibimos difíciles: lloran, protestan, nos llevan al límite, etc. ¿Qué es más fácil? Respetarleos, ponernos en su piel, entenderlos y acompañarlos en lo que les pasa o gritar y decir «Basta ya, haz el favor!», cogerlos por el brazo en plena rabieta y tirar de ellos, o decirles «para de llorar!”? Siempre es más fácil no respetarlos. Siempre. Es la respuesta más impulsiva, aquella más ligada con la falta de herramientas del momento, aquella más ligada con la carencia propia, la que sale sin pensar y a veces incluso pensando un poco.

Practicar el respeto profundo es mucho más difícil, mucho más comprometido. Implica mirarse muy adentro y ver qué falla cuando no podemos respetar al otro.

Implica mirar por qué criticamos, por qué nos salen las vísceras depende de qué tema tocamos y no podemos respetar lo que dice o hace el otro. Y conlleva algo aún más trascendente: el amor. Respetar al otro implica quererlo. Sí, aunque no lo conozcamos. El amor, tal como lo entiendo yo, no puede ir desligado del respeto. No puedo amar a alguien y no respetarlo. Bueno, sí puedo pero para mí ya no es amarlo de verdad.

Tenemos una sociedad tan poco respetuosa con los demás que a veces me duele. Parcelamos la realidad y hacemos que sólo sea válida nuestra opción de hacer, pensar, decir, criar, vivir… cuando en realidad hay tantas realidades como personas. Poned el contexto que queráis: maternidad y crianza, política, fútbol, vacunas, religión… no importa lo que sea. Nos enfrentamos visceralment, desde la entraña. Lo he dicho en otros posts: si nosotros viviéramos donde vive el otro, hubiéramos tenido sus padres, tuviéramos sus hijos, tuviéramos el background político que tiene él, las fuentes de información que tiene, su nivel económico, social, etc… seguramente actuaríamos exactamente como lo hace. O sea que en el fondo, en el fondo del fondo, no somos todos tan distintos. Por eso me sorprende, aún, que nos machaquemos tanto, tantas veces. Y el entorno maternal es un buen ejemplo de ello.

No comulgo con eso. Si me hablas, trato de escucharte sin importarme si das el biberón o el pecho. Si me hablas, trato de entenderte tanto si votas al PP como si votas la CUP. Si me cuentas, trato de comprenderte tanto si vacunas o no vacunas tus hijos. Y me da igual si eres del Madrid o del Barça, si quieres la independencia o la unión de España. Te respeto por quien eres porque en el fondo, en esencia, tú y yo no somos tan diferentes. Respetarte a ti también es respetarme a mí porque, en esencia, somos lo mismo.


2 Comentarios

  • Lai

    molta rao miriam 🙂 el cami que sembla dificil de respectar l’altre és el que més recompensa té. Jo parlava avui d’un tema més ampli però similar. Feliç setmana!

    • Míriam

      Hola Lai,
      Sí, té molta més recompensa. Igualment per tu. Una abraçada

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