La culpa

10.5.2011

Si me dijeran que hiciera un listado de los sentimientos que aparecen con fuerza con la maternidad, sin duda que la culpa sería uno de ellos. No digo que sea el primero, faltaría más, pero sí que de repente, pasa a entrar en juego y en muchas más ocasiones de las que en un principio, puede parecer. Es algo que he observado en mí misma, pero también en las madres que conozco, y hablo de madres porque creo que es un sentimiento que se centra, en gran medida, en las mujeres y no en los hombres. En este aspecto, nos llevan ventaja.

Incluso ya en la preconcepción, cuando queremos quedar «embarazados», a veces la culpa ya empieza a asomarse, sobretodo si no lo conseguimos en seguida, a menudo pensamos «y si es culpa mía? Y si tengo algún problema?». Como si en esto de concebir la culpa tuviera algo que ver… pero es inconsciente y no lo podemos evitar. Como tampoco podemos evitar que, durante el embarazo, nos asalte de nuevo este sentimiento en un montón de ocasiones. Si nos dicen que el bebé es pequeño «quizás sea culpa mía, que no he comido bien» o si nos dicen que es «demasiado» grande, «quizás es culpa mía, que he comido demasiado«. Si tenemos diabetes gestacional, si durante una parte del embarazo hemos estado demasiado ocupadas con el trabajo y nos hemos parado poco a sentir el bebé, si hemos estado tristes, si hemos estado estresadas, si hemos estado enfadadas o nos hemos peleado con alguien que queremos mucho, inevitablemente, en algún instante pensamos «y si, por mi culpa, le estoy creando algún tipo de tensión, algún trauma, alguna preocupación que no va con él, pobrecito… ¿y si se cree que no lo quiero? «. Ya no hablamos de cosas más graves como la amenaza de un parto prematuro, la separación de la pareja, la muerte de una persona muy querida, etc.

Dicho así, de golpe y en lista, puede parecer exagerado, poco real y sacado de una película depresiva, pero os aseguro que en más de una ocasión, el sentimiento de culpa produce una angustia y un sufrimiento considerable en las futuras madres. Pero eso no es nada comparado con todo lo que podemos llegar a sentir cuando ya tenemos el hijo con nosotros.

Con la crianza, la culpa vuelve a entrar en la partida, y con más fuerza que nunca. Cuántas veces me he preguntado si lo hacía bien, si lo que habíamos decidido era acertado, con un cierto regusto de culpa… Si nuestro hijo es un tiquis-miquis con la comida ya pensamos que quizás es culpa nuestra, porque la madre nos dijo que nosotros también lo éramos de pequeños. Si nuestro hijo no hace lo mismo que los demás, podemos llegar a pensar que quizás es culpa nuestra, que no lo hemos estimulado suficientemente. Si le hemos dado el biberón pensamos que era culpa nuestra, porque no teníamos leche. Si nos dicen que el pecho es lo mejor y lo que recomiendan los expertos nos sentimos aún más culpables, por no habérselo podido dar. Pero si decidimos dejar de darle el pecho también nos sentimos culpables porque sabemos que lo que le estamos quitando le gusta tanto… y tenemos miedo de que la frustración no le cree algún trauma. Si nuestro hijo llora cuando lo dejamos con los abuelos, en la guardería o con la canguro, nos sentimos horrorosamente culpables por no poder pasar más tiempo con él, o por tener ganas de hacer alguna otra cosa.

Los hijos crecen y esperamos que la culpa se atenúe con un poco de experiencia y de calma… pero un buen día nos quedamos embarazadas del segundo hijo y entonces una culpa inmensa viene a reencontrarnos si es que se había marchado algún día, para recordarnos «no estarás traicionando a tu hijo mayor, el primero, el que tanto amas?»… y no podemos soportar pensar que le estamos haciendo una mala jugada, o que sufrirá cuando vea un bebé en casa pegado a la teta de SU mamá. Entonces queremos compensarlo de alguna manera y pasamos más tiempo con él, jugamos más tiempo con él, lo llevamos más en brazos, a pesar de ir cansadas y tener una barriga que va en aumento. Y entonces, otra vez nos sentimos culpables, de no estar haciendo suficiente caso al bebé que se está gestando dentro de nosotras. O de no habernos vinculado a él tanto como con el primero. De no tener un embarazo tan plácido como cuando tuvimos el otro, cuando estábamos tan contentas y felices… Doblemente culpables.

Me pregunto cómo es que este sentimiento tan marcado en las madres, no lo es tanto en los padres. Y confieso que en este aspecto, les envidio. Envidio su practicidad y su capacidad de no hacerse tantas preguntas, sobre todo de cosas que ya no se pueden cambiar. Un día, un padre me dijo algo que me quedó grabado para siempre: «Yo, con mi hijo, intento hacerlo cada día lo mejor posible, pero soy consciente de que seguro que en algunas cosas, me equivoco. Por eso, llegado el día, cuando sea mayor, si tiene algún trauma, me comprometo a pagarle la terapia para que lo resuelva. Más… no puedo hacer».

Tanto la culpa como el miedo son malas compañías… también en la crianza. Pero a pesar de saberlo, lo siento, pero yo no he conseguido quitarmela de encima. Si alguien lo ha conseguido y tiene la receta mágica, que no dude en llamarme.

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Míriam Tirado

Míriam Tirado

Consultora de crianza consciente y periodista especializada en maternidad, paternidad y crianza. Me dedico a ayudar a madres y padres a conectar con sus hijos/as.

3 respuestas

  1. Jo tampoc tinc la solució!
    :((
    Som autoexigents per naturalesa i ens demanem molt, de vegades més del que podem donar per pròpies carències…
    És més fàcil (com en tot) pensar-ho i raonar-ho, però ai, a l’hora de sentir-ho i perdonar-nos…això ja costa més!!!!
    En fi, haurem d’anar-ne aprenent d’ells…i potser l’edat també ens donarà eines!

  2. Ni jo tampoc tinc la solució!!

    I hi afegeixo a la teva llista, com el segon embaràs no acabi d’anar massa bé i s’hagib de fer repòs, doble culpa, serà culpa meva el que ha passat amb l’embaràs, i culpa per no poder donar totes les atencions al fill gran. CULPA, el gran sentiment.

    Però bé, ja passarà… o no.

  3. Hola, a pesar que soy lectora de varios blogs, realmente muy pocas veces escribo en los comentarios, pero es que cada vez que leo una entrada tuya, pareciera que las estoy escribiendo yo, me emociona y ya no me siento sola cuando me doy cuanta que hay alguien que siente y esta pasando lo mismo que yo. Me encanta la sencillez con la que escribes, me encanta que nunca tomas posturas extremas con ningún tema. Espero nunca dejes de escribir y poder seguir leyéndote. Saludos desde México.

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