Me apetecía describir los efectos de la hormona llamada oxcitocina en mí y lo primero que se me ha ocurrido es compararlo con los efectos de alguna droga, pero no puedo hacerlo porque no me he drogado nunca. Ni poco ni mucho. Nada, no he fumado nunca un cigarrillo ni he probado nunca ni la cocaína ni ninguna otra droga que se os pueda occurir. Haber visto los efectos devastadores que puede tener la droga de pequeña supongo que me marcó y tomé la decisión consciente de no quererla en mí.

Mucho antes de quedarme embarazada empecé a leer libros del obstetra Michel Odent. Él habla mucho de la oxcitocina, y quizás fue entonces cuando empecé a tomar conciencia de qué era y de la importancia que tenía. Una comprensión que hice a nivel mental, porque no fue hasta después de tener a Laia que empecé a hacer baños oxcitocínicos día sí día también. El montón de contracciones que tuve en mi parto interminable dejó en mí tanta oxcitocina que no les estaré nunca lo suficientemente agradecida. Porque fue eso, esta oxcitocina previa al parto y la que segregué al tener a Laia en brazos y al darle el pecho por primera vez la que me fue curando las heridas de una cesárea dura, muy dura para mí.

Días después, los encuentros semanales con otras madres me eran no sólo necesarios sino imprescindibles. Tenía que verlas, tenía que encontrarme con ellas, tenía que hablar con ellas, tenía que compartir, llorar y sobre todo, reír con ellas. Porque en cada encuentro tenía unas subidas de oxcitocina tan bestias que no sólo me llenaban los pechos de leche sino que me hacían sentir segura, capaz, poderosa y muy, muy feliz.

Cada toma de lactancia materna que hemos compartido con Laia ha sido una dosis de oxcitocina por todo mi cuerpo. Hormona que me ha permitido no ir agotada a pesar de haberme despertado más veces de las que creía soportables en una noche.

Que me ha ayudado a ser tremendamente feliz a pesar de los altibajos casi inevitables del puerperio. Que me ha permitido sostener una entrega de 24 horas durante la crianza intensiva de mi hija en la que me dediqué en cuerpo, tiempo y alma. Cada toma de lactancia materna que hemos compartido con ella ha sido una nueva impronta de amor en doble dirección. Amor con el olor, la mirada, el tacto, con el sueño que nos abrazaba.

La oxcitocina es aquella hormona con la que me he bañado cada vez que he hecho el amor con mi marido, cada vez que he disfrutado de una sexualidad mucho más placentera y profunda, mucho más rica y llena de matices desde que soy madre. Como si esta hormona, que yo ya había disfrutado en infinitas ocasiones a lo largo de mi vida cada vez que era feliz, que estaba contenta, que sentía que amaba, hubiera tomado mucha más fuerza con la maternidad. Como si se hubiera convertido no en una hormona más, sino en la predominante de mi cuerpo desde entonces…

Hace unos días decidí que tenía ganas de organizar un encuentro con mujeres madres, muchas de ellas amigas mías, con la que tenía ganas de compartir una mañana. Sabéis qué decían al marcharse después de haber compartido tres horas juntas? «¡Me siento más fuerte!» «Es como si caminara a dos palmos de tierra», «estoy tan contenta», «me siento emocionada», «me siento más segura»… Porque hemos llorado, hemos reído, hemos compartido y sobre todo, sobre todo, hemos segregado oxcitocina a montones. Nos hemos bañado en litros y litros de esta hormona que nos ha corrido por el cuerpo durante mucho rato y a mí, personalmente, todavía me duran los efectos.

Porque en cada baño de oxcitocina que la vida me regala me siento volar. Siento que tengo las herramientas, que puedo hacerlo, que tengo fuerza, que me siento segura, que todo va bien y que todo irá bien… Me siento feliz con una fuerza que podría mover montañas y a veces lo necesitaría gritar porque si me lo guardo dentro exploto. Como cuando una madre está bañada en oxcitocina recién parida en un parto respetado y precioso y querría gritar a los cuatro vientos cuánto amor siente por este bebé todavía húmedo, en sus brazos. Como cuando una madre que pasea con su hijo por la calle hace esa cara de orgullo y de felicidad, y está guapa porque siente que lo que le pasa es lo mejor que le ha pasado en la vida y quisiera parar la gente de la calle y decirles «¡mira qué hijo más guapo que tengo! ¿¡No es lo más precioso que ha visto nunca?!» porque así lo siente ella, absolutamente calada de oxcitocina hasta el muelle del hueso.

Una madre llena de oxcitocina en su cuerpo puede ser vista por el resto como si estuviera un poco «ida».

Y dicen cosas como «es que parece que sea otra, está desconocida, está encantada de la vida, ¿pero has visto cómo le mira? se debe pensar que sólo ha sido madre ella!», porque así se siente esa mujer: como si fuera la única que vive dentro de un «globo» del cual no pasan nunca los efectos…

Y por eso cuestan tanto los destetes también… porque esta oxcitocina poderosa y envolvente, esta dosis constante de hormona del amor en cada toma, se acaba. Y claro que podemos segregar más oxcitocina en otras ocasiones, pero aquella, aquella oxcitocina que segregábamos cada vez que nuestro hijo mamaba de nuestros pechos… aquella se acaba. Y nuestro cuerpo, en pleno síndrome de abstinencia, la reclama… y nos cuesta encontrar el equilibrio, soltar, aceptar que aquella y de esa manera, se acaba. Y nuestro hijo tal vez protesta porque no quería el punto y final de aquella lactancia y porque añora esa dosis constante en doble dirección…

Entonces hay que re-aprender… y propiciar nuevos espacios oxcitocínicos que nos vuelvan a dar alas para poder volar. Que nos vuelvan a hacer sentir capaces, válidas, acompañadas, no juzgadas… Propiciar una buena comida con gente que nos quiere y que queremos, propiciar una buena sobremesa, propiciar encuentros con gente que nos haga reír, propiciar encuentros con otras mujeres que vivan la maternidad si no como nosotras, al menos, con el mismo respeto que sentimos nosotras hacia ellas… y evidentemente… llenándonos de oxcitocina riendo con nuestro hijo, con nuestra pareja, teniendo momentos de familia felices y agradables, teniendo mucho contacto, haciendo el amor con nuestra pareja como si no hubiera un mañana… viviendo y generando amor, esparciéndolo y recibiéndolo cuando venga hacia nosotras.

La oxcitocina nos ayuda en todo y en ese todo entra criar. Criar con más empatía, con más paciencia, con más alegría y con más seguridad. Criar felices y disponibles.

Escribo esto cuando todavía me siento, casi, que no toco el suelo, de las alas que me ha dado el último baño oxcitocínico de que he disfrutado hoy. Un baño que me durará todavía unos días y del que me he nutrido hasta la médula.

Que la oxcitocina os acompañe. 🙂

 

5 Comentarios

  • Silvia Recuero

    Es genial la oxitocina. Nadie entiende cuando después de dar a luz y estar varios días durmiendo bastante poco, como puedes mantener la sonrisa en tu cara, y es gracias a esa maravillosa hormona. Muy bueno el post, me he sentido muy identificada.

    • Míriam

      Gracias Silvia.
      Sí, tendríamos que hacer un monumento a esta hormona! 😉
      Un abrazo

  • Judith Aparicio

    Molt bonic el post ! vaig gaudir d’un part per cesàrea i després un natural i és clar, en el segon cas la pujada d’oxitocina va ser increïble, com aquell que arriba a l’arribada d’una marató -imagino-. La sexualitat de la maternitat em té molt impressionada, al part, en la lactància (en els 2 fills), en l’amor que desprens… entenc que ens tingui tant enganxades si estimem i ens deixem estimar ! gràcies per fer-nos recordar que cal despertar el cos a les sensacions pel nostre bé… per cert l’oxitocina i l’adrenalina no són massa amigues, a més stress menys més adrenalina i menys oxitocina… així que a propiciar calma i serenor…

    • Míriam

      Hola Judith,
      totalment d’acord… l’adrenalina millor guardar-la per quan realment la necessitem i ens és útil! Gràcies pel teu testimoni.
      Una abraçada

  • Zary

    Gracias por tu deseo. Necesito encontrar más espacios para bañarme de oxcitocina en pleno síndrome de abstinencia después del destete. Un abrazo profundo y muy grande, rebosante de oxcitocina pura!!!

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