La última semana ha estado llena de consultas de madres y padres que en algún momento me contaban lo mucho que se sienten juzgados por su entorno más cercano. Cómo familia, amigos o la carnicera de toda la vida no entienden que mecen, que besen, que duerman juntos, que hagan pecho a demanda, que respeten lo que come su hijo (los de al lado siempre creen que es ¡demasiado poco!), que acompañen las “rabietas” en medio de la calle con paciencia y no con un grito o un cachete en el culo…

¿Por qué? me pregunto. Y sólo me viene una palabra a la cabeza: carencia. Por la propia carencia. Si no somos capaces de mirar atrás y conocer y transitar por los rincones de nuestras carencias, luego, cuando vemos a alguien que cría sin ellas nos remueve y aunque no queramos, nos despierta aquella necesidad inconsciente de decir nuestra opinión, de juzgar aquel comportamiento…

Si no reparamos nuestras carencias, cuesta mucho poder acompañar a nuestros hijos en el llanto, o criarlos en el respeto, entendiendo sus ritmos, entendiendo que no son ni pueden ser los nuestros. Si nos quedamos anclados en la carencia probablemente nos removeremos mucho cuando veamos a alguien que cría sin ella. Que se entrega y da todo lo que un bebé necesita y en el momento que lo necesita. Que entiende que la necesidad del niño pequeño pasa por delante de la suya propia. Si no transitamos por nuestra carencia y entendemos de dónde venimos, probablemente ver a alguien entregarse así nos puede hacer hervir la sangre.

Y esta ebullición quizás no nos dejará respetar aquellos padres y nos veremos empujados, de manera visceral a veces, a decirles «¿no crees que tienes que hacerlo de otra forma? ¿No te estará tomando el pelo? ¡Lo vas a malacostumbrar! ¡Está enganchado!…» Y mil cosas más… (y más desagradables).

Porque todo está en la carencia. La raíz de todo está en ella o en su absencia. De miles, de miles de millones de personas criadas en la carencia, en la escasez de brazos, de mirada, de empatía, de vínculo, de conexión, de respeto a las necesidades, de calor, de contacto, de leche,… ¡de tantas cosas…!

Y en la carencia crecemos y aprendemos a sobrevivir. A parches, iniciando relaciones que nos llevan, una y otra vez, a más carencia, porque no encontramos nunca lo que nos podría saciar la más primaria.

Y entonces no podemos alegrarnos profundamente de las cosas buenas que les pasan a los demás, y sentimos celos, y competimos compulsivamente con todo y todos…. porque hemos ido construyendo en la carencia, y todo lo que se construye encima de ella es absolutamente inestable y conectado al miedo de perder…

Cuánta carencia hemos tenido que mamar esta sociedad nuestra para estar tan desconectados de nuestro instinto, de nuestro cuerpo, y sobre todo… de la llamada de nuestras crías. Una llamada que nos dice a llantos desesperados «¡conéctate! ¡Vuelve! ¡No me hagas lo mismo que viviste tú!»… y cuesta tanto escucharla desde la carencia más absoluta y profunda… que a veces preferimos pensar que tienen dolor de estómago, o que hay algún problema, o que no es normal, o que nos ha salido marrano o malo. Y nos hacemos los sordos.

Cuánta carencia hemos tenido que mamar esta sociedad nuestra para continuar perpetrando la idea en comidas familiares, en la carnicería, en un encuentro con amigos… que los niños molestan, que se miman si los abrazamos, que debemos obligarlos a todo porque sino se descarrían…!

Hoy he visto un bebé de 15 días. Dormía y de repente ha abierto los ojos. Unos ojos grandes y negros que me han clavado la mirada. En ellos he visto sabiduría, profundidad y poder. Y he pensado lo fácil que sería todo si entendiéramos que ellos han venido aquí por algo, que en el fondo, el camino se lo conocen de sobra, y que somos nosotros (que lo hemos olvidado todo) los que tenemos que, simplemente , dejarnos guiar por ellos. Dejemos que nos despierten los sentidos. Dejemos que aúllen la llamada y que resuene dentro de nosotros. Dejemos que nos evoquen nuestra carencia y lloremosla, lloreosla tanto como haga falta, tanto como necesitemos… para irnos vaciando de ella más y más, y sobre todo, para dejar de propagarla. Para dejar de esparcirla. Para decir: «yo no quiero esta herencia para mis hijos, y corto la carencia aquí y ahora». Para dejar de tener miedo de darnos en cuerpo y alma, de resonar con sus ritmos y sus necesidades, para abandonarnos y convertirnos en uno solo. Para fusionarnos en el Amor.

Para recordar quién éramos. Para recordar quién somos.

3 Comentarios

  • I.

    Cada uno lo hace lo mejor que sabe, y lo que cree mejor para sus hijos y el resto de su familia. Lo dices como si vosotros, los defensores a ultranza de algunas cosas, no juzgáseis a los demás… Quien esté libre de juicios, que tire la primera piedra. Entiendo que algunas personas os sintáis juzgadas. Voy a contaros un secreto: hagáis lo que hagáis, oireis comentarios. No se puede contentar a todo el mundo.

  • Raquel

    Doncs jo crec que tens raó amb això que expliques de les mancances. Amics meus no entenen segons què justament per això. Però també crec que la condició humana ens fiquem on no ens demanen i critiquem per criticar.

    una abraçada

  • Jordi

    Suposo que en les mancances poden trobar-se moltes explicacions de certs comportaments, és un fet que fa que la cadena prosegueixi. Ara, també estic d’acord amb la Raquel que les persones tendim per naturalesa a criticar als altres, perquè pensem que les nostres idees i maneres de fer són les millors. En referència al comentari de I, estic d’acord en què els «fonamentalismes» no són bons en cap sentit, en què la base ha de ser la toleràcia i no pas obligar als altres a ser com un mateix.

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