22.3.2013

 

A menudo pienso que tenemos un concepto erróneo de la perfección. Así en general, pero especialmente en cuanto a la perfección en la maternidad y paternidad. Cuando pensamos en estos términos, supongo que nos imaginamos un padre o una madre que nunca pierden el norte, que saben todo lo que le ocurre a su hijo, que concilian, que saben jugar y que lo hacen, que le cuentan cuentos antes de acostarse, que elaboran comidas exquisitas, que nunca están de mal humor, que mantienen la figura y llevan el pelo impecable… Y eso… es imposible. La perfección, en estos términos, no existe y no ha existido nunca. Desconfiemos de alguien que nos haga creer lo contrario. Intentemos hacerlo lo mejor posible, pero no busquemos este tipo de perfección, porque acabaremos agotados y obtendremos una gran frustración.

 

Cuando recibo comentarios o mails de personas que me leen diciéndome, de alguna manera, que me admiran, me gustaría tenerlos delante y decirles todo lo que diré hoy aquí:

 

Yo no soy perfecta de la manera que he descrito más arriba. En absoluto. No lo soy y no lo he sido nunca. Tampoco busco serlo. Pero soy perfecta para Laia. Soy la madre perfecta para ella. No lo sería para otro niño, ni por el hijo de una mi amiga, ni por el del vecino, ni por nadie más.

 

Pero ¡tú también eres perfecto! Tú, que me lees, eres el padre o la madre perfecta para tu hijo. Eres lo que necesita ahora y siempre. Te ha escogido y un día decidió que fueras tú, aunque esto no se pueda comprobar científicamente y él no se acuerde! Eres la persona adecuada para aprender lo que tienes que aprender de él y para que él aprenda lo que tiene que aprender de ti.

 

Si algo hemos venido a hacer aquí es a aprender. Aprender, aprender, aprender. La vida nos pone a las personas y las situaciones adecuadas para que aprendamos lo que todavía no hemos entendido, asimilado, o descubierto. Por eso somos perfectos para nuestros hijos.

 

Y esto también vale para nuestros padres. Quizá no nos llevemos bien con ellos, quizá no siempre hemos tenido una buena relación… pero eso no importa. Nos guste o no, yo creo que son los padres perfectos para nosotros: porque es a través de lo que nos pasa con ellos, de lo que hemos vivido, lo que hemos compartido (sea bueno o no, eso da igual), lo que nos permitirá o nos ha permitido aprender y ser quienes somos ahora, y quienes seremos en un futuro. Porque evolucionamos aprendiendo.

 

O sea que dejemos de buscar la perfección que no existe y creámonos, de verdad, que somos los padres perfectos para nuestros hijos, que nadie podría ser mejor, que nadie podría ser lo que necesitan más que nosotros. Y al revés: nuestros hijos son perfectos para nosotros, porque nos enseñan lo que aún no sabemos, lo que hemos venido a aprender. Cada hijo es perfecto para cada padre y madre, aunque estos no lo vean, aunque el hijo tampoco lo vea…

 

Recordáis aquella frase de El Principito de «lo esencial es invisible a los ojos»? Pues eso. Mirémoslos como los maestros nuestros que son y entendamos que nosotros también somos (cada uno de nosotros) unos maestros para nuestros hijos. Que nuestros padres lo fueron para nosotros y que nosotros también lo fuimos (o lo somos todavía) para ellos… y así podemos ir siguiendo la cadena hasta el infinito, por todo nuestro linaje.

 

No es necesario que busquemos nada fuera. TODO está dentro. Y en este caso, todo está dentro de nuestras casas. Mirémonos y, ¡llenémonos de tanta perfección!

 


5 Comentarios

  • Zarina

    Tenías razón: me encantó. Coincido en todo!! de hecho hace poco escribí algo muy parecido que me gustaría compartir también contigo. Un abrazo y felices días de descanso!! http://lamamadesara.blogspot.com/2013/01/perfeccion-vs-libertad.html

  • Míriam

    Gracias, Zary, Ya intuí que te gustaría…! 🙂
    Ahora paso por tu blog a leer lo que has propuesto, aunque creo que ya lo leí cuando lo publicaste. Besos

  • Susana

    Guau Míriam!!!!
    Jo sempre he pensat exactament això que expliques. Crec que cada mare és perfecte pel seu fill, igual que cada fill és perfecte per la seva mare. No hi ha ningú més que ho sigui. És un sentiment «incomprensible» que va adherit a cada mare. No ho sé explicar tan bé com tu però jo tinc aquesta mateixa sensació!
    Una abraçada

    • Míriam

      Hola, Susana.
      Ho has explicat perfectament! 🙂
      Una abraçada

  • Ana

    Con tu permiso enlazo este post en uno mio con mis preferidos del 2013
    Un abrazo

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