La teta cura

Si habéis amamantado a vuestros hijos, sabéis que la teta cura. La teta cura la añoranza de mamá, la teta cura los golpes en la cabeza cuando aprenden a gatear, la teta lo cura… todo.

Cuando nos echan de menos, cuando se hacen daño, cuando se enfadan o cuando tienen algún disgusto, los niños que hacen teta, se curan. Porque el pecho es leche calentita, es calor, es piel, es contacto, es consuelo y además, es analgésico. De todo ello os he hablado en muchos posts que encontraréis en la categoría de “Lactancia“.

Pero de lo que os hablo hoy es de que la teta cura, también, a las madres. Pero no quiero generalizar, porque seguro que a todas no: la teta me ha curado a mí. Me curó después del primer parto y me ha curado después del segundo. Dar el pecho fue un bálsamo a tantas cosas que nos pasaron y que no estaban previstas.

Parecía que cada toma me acariciaba un poco aquel cuerpo magullado por tres días de parto, una cesárea y horas y más horas en neonatos.

Cada toma, cada gota de leche, me llegaba a un lugar muy profundo y me curaba.

Todo tiene una explicación. Dando el pecho, todas las mujeres segregamos oxcitocina, y esta hormona del amor que hace que miremos a nuestro hijo como si fuera el único bebé precioso del mundo, nos hace sentir también, cada vez, más y más felices.

Estoy tan agradecida a la lactancia… soy tan feliz de poder amamantar a mis hijas… porque lo que siento cuando lo he hecho con la mayor y cuando lo hago ahora con la peque es, ni más ni menos, que placer.

Aquellas miradas muy cerca del pezón, aquellas gotas de leche que se escapan por la comisura de los labios de Lua, aquellos pechos que manan y lo dejan todo mojado, aquella leche que hace que tu hija vaya creciendo cada día más fuerte y bonita, aquellas siestas tan bonitas dando el pecho,… todo esto y mucho más ha hecho que la lactancia haya dejado atrás todo aquel sufrimiento.

Recuerdo cuando llegamos a casa y los días posteriores: me recuerdo en el sofá, amamantando-la, y sentir el reflejo de eyección de la leche y como cada vez que lo sentía, con cada toma, me venía una ola de felicidad.

Os juro que sentía como amamantar me curaba las heridas: la del parto que no había tenido, la de la herida de la cesárea que todavía me escocía tanto, la del revés de tener que ingresar a neonatos, la añoranza vivida aquellos días…

Os juro que notaba, físicamente, como mi cuerpo y mi corazón iban relajándose con cada toma e iban dejando todo atrás.

Me recuerdo a mi misma también en la sala de neonatos sacándome leche con el sacaleches eléctrico a menudo con Lua durmiendo en los brazos (¡la técnica y destreza que cogemos las madres que tenemos hijos ingresados en neonatos tiene tela!) y sentirme orgullosa de producir leche!

Sí, yo que ya había amamantado Laia tres años y medio me encontraba sintiéndome feliz otra vez cuando veía que el bote se iba llenando más y más y más de leche mía. Era como un “uauuuuu… qué milagro eso que hacemos las mujeres!”.

Era como un “que sabio mi cuerpo, que hace la leche que más necesita Lua”. Y qué quieres que te diga; después de que te digan que tu cuerpo no está diseñado para parir y que no lo podrás hacer nunca, notar que sí estaba preparado para amamantar y hacer crecer a mi hija era un regalo para mi autoestima.

Me recuerdo con una sonrisa de oreja a oreja cuando, cada día a las 7h de la mañana pesaban a Lua y me decían “cómo aumenta esta niña!”. Cogía el móvil deprisa y escribía a la familia “en un día Lua ha aumentado tantos gramos!” … Sí, después de todo aquello, que era un palo enorme, saber que mi leche la hacía crecer era un descanso y una alegría.

Y así, amamantando a Lua, sé que un día me di cuenta de que yo había dejado de llorar y que en vez de eso, tenía en todo momento una sonrisa dibujada en la cara. Sé que la lactancia fue en buena parte, responsable de ello.

La teta estoy segura de que la curó a ella y me curó a mí. Que nos curó, a las dos y al mismo tiempo, de todo lo que nos había tocado vivir. Por ello, un Viva la Teta bien fuerte! con un deseo muy grande de que cada día más mujeres y más hijos puedan experimentar el placer que es que la teta lo cure todo!

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Míriam Tirado

Míriam Tirado

Consultora de crianza consciente y periodista especializada en maternidad, paternidad y crianza. Me dedico a ayudar a madres y padres a conectar con sus hijos/as.

6 respuestas

  1. La teta cura. Y vaya si cura!! Cuando nadie daba con la explicación de porque mi hijo no hacía más que perder peso, y no dejaba de llorar, tras oír cientos de veces los tópicos típicos de tu leche no vale, tu leche está aguada… Llegó el nuestra hada madrina, mi asesora de lactancia (gracias Kika Baeza por tanto y por todo) para decirnos que Darío tenía una torticolis que no le permitía succionar bien. Corregido el problema y tras unas semanas duras entre osteopatas y la dichosa “extracción poderosa” mi pequeño empezó a engordar y mi corazón también lo hacía, al mismo compás. Porque cada gota que salía de mi ser y entraba en su pequeña boca, curaba y calmaba su sed a la vez que curaba y calmaba mi alma.
    La teta cura.

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