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Tener dos hijos pequeños: una moneda con dos caras

Tener dos hijos pequeños: una moneda con dos caras

Las dos escenas que os describiré ahora pueden convivir en un mismo día en mi casa. Los dos polos, el ying y el yang, las dos caras de una misma moneda. Estamos todos en el comedor. Él pela una manzana y las tres vamos a pedirle un trozo. Él se rie asegurándonos que la manzana era suya y que siempre se la birlamos casi toda! Le hacemos cosquillas o algo para fastidiar aún más. Reímos, reímos todos. Me tumbo en la alfombra de delante del sofá y en cuanto me ven se me abalanzan: Laia se apalanca sobre mí y Lua viene gateando a una velocidad de vértigo. Ella, pequeña como es, hace fuerza para hacerse espacio entre su hermana y coger un pedazo de mí también para ella. Las subo a caballito y me quejo que me asfixian. Laia me sopla, me hace cosquillas y yo le hago lo mismo entre risas. “Ojo con Lua», decimos él y yo al unísono y acto seguido nos revolcamos las tres en el suelo mientras reímos y chillamos como si no hubiera un mañana.

Lo más difícil de criar a dos hijas

Lo más difícil de criar a dos hijas

Lo más difícil de estos primeros 10 meses y medio siendo madre de dos hijas no ha sido la gestión de sus necesidades tan distintas, ni las tardes sola con ellas, ni gestionar los celos de la mayor hacia la pequeña. Para mí, lo más difícil de este tiempo ha sido mucho más profundo y es, gestionar mi necesidad de fusión emocional con Lua, mi necesidad de recogimiento, de silencio, de nido, de ir hacia adentro, teniendo al lado otra hija de 4-5 años que necesitaba todo lo contrario.

En estos nueve meses

9 meses. Lua tiene nueve meses y días, y cuando decidía qué escribir hoy he pensado que ya hacía 9 meses que era madre de una segunda hija. En este tiempo han pasado tantas cosas… Me he sentido abatida después de lo que ocurrió en abril, he resurgido de las cenizas y me he sentido más enérgica que nunca, he sido profundamente feliz criando a mis dos hijas, me he casado con el hombre más maravilloso que he conocido, me he sentido inspiradísima para explicar el parto y los posteriores días al nacimiento de Lua y hemos vivido la primera Navidad de 4.

El plan

El plan

Estábamos sentados en la sala de neonatos y Lua mamaba. Sabíamos que esa mañana me darían el alta y le dije: «yo no quiero que dejemos a Lua sola, tampoco de noche. Te parece bien si nos lo vamos turnando tú y yo para estar en cada toma? Nos quedan 4 días. Será duro pero pasarán y luego no nos arrepentiremos nunca de haberla dejado». «Sí, claro, hagámoslo así, te sacas leche y cuando tú duermas estaré yo». Mi marido y yo acabábamos de trazar el mapa que nos guiaría el resto de la semana hasta el alta de Lua. Un mapa gris porque significaba dormir poquísimo y aguantar como fuera, pero para nosotros, un mapa imprescindible. Ya hacía dos noches que era la única madre que me quedaba en neonatos; a mí aún no me habían dado el alta («ventajas» de parir por cesárea) y a las otras ya las habían enviado a casa; muchas vivían lejos del hospital y la logística era terriblemente complicada para pasar allí 24 horas. Más que complicada, casi imposible. Pero nosotros teníamos una suerte: vivimos justo delante del hospital y todo ello, esperaba, sería un poco más fácil.