Confieso que…

 

Volvemos a estar sincronizadas… Sí, después de semanas de notar que íbamos a destiempo, con el pie cambiado, siento que volvemos a ir a la una… Esta semana ha sido fácil, todo ha sido sencillo, porque no ha habido desajustes. Yo he entendido qué pasaba, yo he cambiado la mirada y ella lo ha recibido de la mejor manera. Lo he notado en seguida. Más dulce, más cariñosa, hemos vuelto a jugar de esa manera que hacemos nosotras, inventándonos historias, pasándolo bien… Y hoy me ha dicho “de mayor quiero ser como tú”.

Cierto que las orejas han dado palmas, no porque quiera ser como yo, que no quiero, sino porque quería decir que me quiere, y mucho. Le he dicho que ella sea como es ella, y como quiera ser, y que es perfecta tal como es, ahora y cuando sea mayor. Me ha dicho “vale” y me ha abrazado. Parece que os esté contando una historia azucarada al máximo, y seguramente estos dos primeros párrafos lo son, de azucarados… pero es que os confieso que….

Que hubo algún día que al escuchar que me decía “es que mama, tú no me entiendes” con un sentimiento que le salía de muy adentro, me sentía perdida y tenía miedo.

Por tal vez ya no entenderla nunca más. Por tal vez no consiguir volver a sincronizar nuestros relojes… Porque para una madre, y supongo que para un padre también, hay una cosa terrible, que es imaginar que un día tu hijo no querrá saber nada de ti.

Y claro que es exagerado pensar estas cosas, sobre todo cuando tienes un hijo o una hija tan pequeña y tienen que pasar todavía un montón de cosas en la vida de todos, ¡claro que sí! Pero mira, lo confieso, en alguna ocasión la mente me jugó una mala pasada y cuando la veía enfadada conmigo y a tanta distancia, pensaba casi sin querer… “¿Y si un día no me quiere, o no quiere saber nada de mí?” porque la verdad es que no sabría ni imaginármelo, ¡no quiero ni imaginármelo!

Entonces entendí qué estaba pasando y todo cambió de energía. Entonces me di cuenta, otra vez, que sólo había que hacer eso, darle otra mirada y volver a agacharme, ponerme a su altura, y ENTENDER. Sintonizar con ella y ENTENDER. Y entonces zasssss, como por arte de magia, todo empieza a tener sentido, todo empieza a ir mejor, todo empieza a ir a la vez, como antes. Como cuando no tenías ninguna duda de que el vínculo era lo suficientemente fuerte como para no tener miedo de nada. Como cuando no dudabas del amor que os tenéis, como cuando sentías que era todo, absolutamente todo, perfecto.

Y sí… la confianza vuelve y con ella, la fuerza. La fuerza del vínculo, del amor indestructible, del amor invisible que todo lo puede, que todo lo vence, que todo lo entiende y que todo lo resuelve y repara. La fuerza del vínculo bien instalado, forjado a base de horas y horas, de brazos, de caricias, de noches de pecho y leche a montones, de comprender qué le pasaba, de mirada de bebé, de empatía, de ganas de acompañarla en cada proceso y a su ritmo…

Y ahora confieso que me siento… llena de fuerza, de confianza, y de felicidad… que me siento plena y firme en mi compromiso con la vida y con ella. Que no quiero más miedo, a pesar de saber que va y viene a ratos. Confieso que me siento decidida a seguir amando incondicionalmente, pase lo que pase, también a mí misma, y a aceptar y a no culparme de, a veces, no entender qué le pasa. Que me siento comprometida a continuar explorando los caminos de la vida, los caminos de la crianza, los caminos del aprendizaje familiar y personal… Que no pienso detenerme. ¡Y que no me rendiré, pese a veces me parezca que esto de criar un hijo agota el alma!


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Míriam Tirado

Míriam Tirado

Consultora de crianza consciente y periodista especializada en maternidad, paternidad y crianza. Me dedico a ayudar a madres y padres a conectar con sus hijos/as.

6 respuestas

  1. Si, totes dues sou especials!
    Una abraçada i gràcies per ser-hi i per oferir-nos de tant en tant un moment per parar-nos i gaudir dels nostres fills! Passa tan ràpid!!!
    😉

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