4.10.2012

 

El jueves de la semana pasada empecé a encontrarme mal. Ya estaba afónica, tenía dolor de garganta y malestar, aquel dolor de huesos que parece que te hayan dado una paliza. Laia estaba estupenda y seguir su ritmo se me hacía difícil. El viernes por la mañana me quedé en la cama y por la tarde fui a trabajar, aunque todavía no estaba del todo bien. Pensé que no pasaría nada, que seguro que ya iba de baja. Cuando llegué a casa me sentía muy cansada y no me acababa de encontrar bien, pero pensé «ahora ya podrás volver a descansar». Al cabo de un rato, toqué a Laia y la noté hirviendo. Ella estaba pletórica: contenta, activa… pero con fiebre. Estaba a 38 y medio.

 

Me esperaba una noche movida, estaba segura, y así fue. Pasamos la noche con muchísimos despertares, fiebre que intentábamos hacer bajar y muchos ratos sentada en la cama con Laia encima, como si fuera un bebé. En mis brazos dormía y atravesaba la enfermedad. Lo más curioso de todo era que yo también me encontraba fatal; la tos había aumentado y el malestar también (supongo que también la fiebre) pero su estado «anuló» el mío. El amor maternal tiene estas cosas: hace que te olvides de ti incluso cuando ni siquiera estás al 50 por ciento y lo das todo para que sea ella la que se recupere lo antes posible.

 

En ese momento, con ella en brazos y seguramente con fiebre las dos, me di cuenta que ni siquiera me había puesto todavía el termómetro, que ni siquiera me había tomado nada. Me había abandonado completamente a sólo cuidarla. Él iba haciendo lo que podía para que las dos estuviéramos lo más cómodas posible… pero Laia quería los brazos de mamá y aunque esto era lo más cansado (porque me quedó la espalda hecha trizas), me di cuenta que en ese momento lo que yo estaba haciendo era todo lo que quería hacer. No quería estar en ningún otro lugar ni con nadie más que atravesando la enfermedad de Laia y de alguna manera, también la mía. Atravesándola juntas.

 

Finalmente y ya bien entrada la madrugada conseguimos estirarnos y cerrar los ojos un rato. Al día siguiente este estado continuó y finalmente con la visita al médico pertinente, la medicación adecuada, el reposo necesario y la paciencia imprescindible, tanto ella como yo nos hemos ido recuperando. Ella, sin duda, mucho más rápido. Los niños están hechos de otra pasta. Definitivamente.

 

Estos días no he escrito ni una línea ni tampoco he tenido ninguna idea para hacer ningún post futuro. Es curioso ver cómo el cuerpo es sabio: cuando hay poca energía vital, ésta se utiliza para hacer funcionar la máquina e irla reparando poco a poco, y no para alimentar la creatividad! 😉

 

Estoy contenta de volver a estar aquí. Quería agradeceros todos los mensajes de apoyo que he recibido estos días. De verdad que también han sido «gasolina» para iniciar la remontada! Un abrazo a todos.

 

 

 

3 Comentarios

  • Sandra

    Miriam , m’alegro moltíssim que ja estigueu millor. Estar malalt es fatal pero passar-ho quan ets mare i a sobre el teu fill també està malament és durissim, t’entenc perfectament. Una abraçada

  • Raquel

    Me’n alegro que a poc a poc vagis tenint mes forces.
    Quan estas malalt nomes vols estar al llit i si coincideix que el teu fill tambe esta malalt i que nomes vol mama sincerament es horroros. Si es pot, cal demanar ajuda perque et donin un cop de ma… i tenir paciencia, pq tot passa.
    una abracada guapa

    • Míriam

      Gràcies Raquel!
      Moltes gràcies pels ànims… Sí, la paciència va molt bé en aquestes èpoques que sembla que hagis «xafat merda»! (i perdó per l’expressió!) Ara ja veiem la llum al final del túnel tot i que encara (cap dels tres) estem del tot fins…
      Una abraçada!

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