31.5.2012

Cuando trabajaba en televisión, me tocó hacer un reportaje sobre personas desaparecidas. Entrevisté a varios familiares de desaparecidos y supongo que no acabé de entender la dimensión de su dolor hasta que me convertí en madre. Aquella gente no podían superar ningún duelo porque no había nadie a quien velar, no podían pasar página porque no había ninguna página que pasar, sólo un gran interrogante que decía: «¿DÓNDE ESTÁS?». La mente juega malas pasadas a menudo y cada uno se había imaginado los escenarios más terribles posibles y también, los más agradables. Pero siempre viviendo con la incertidumbre de si lo que imaginaban había o no pasado. Un tormento constante, una espera eterna, un dolor infinito.

Cuando era pequeña recuerdo haberme perdido dos veces. Una en la playa; tengo todavía la imagen grabada de salir del agua, querer volver a la toalla y no encontrarla. Ver todos los parasoles iguales, no saber cuál era el nuestro. Por suerte, de repente apareció mi abuela de no sé dónde y me dijo «eh, estoy aquí», y mi desorientación se acabó de golpe. La otra vez que me perdí fue en Tàrrega, en la Feria del Teatro: yo ya era más mayorcita y había mucha gente. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, ya no vi a mis padres. «Mierda, mierda, mierda», me había perdido y miraba a un lado y al otro y no los veía por ninguna parte. No sé cuánto tiempo duró, a mí se me hizo eterno. De repente, volví a ver la luz, es decir, mi madre.

Es curioso como había pensado en todo esto hasta ahora, que Laia corre por todas partes y a veces se empeña en no querernos dar la mano. Ahora que con sus amigos juegan a hacerse los «mayores» y a alejarse de nosotros sabiendo que, sí, estaremos justo detrás cuando se giren. Quizás es porque me perdí de pequeña, quizás es porque hice aquel reportaje que me encogió el corazón, pero no me gusta quitarle el ojo de encima. Seguramente es algo que hacemos todas las madres y los padres pero no había sentido eso con tanta intensidad hasta ahora, que la veo más mayor, más segura, más independiente. Porque durante una buena etapa podemos estar tranquilas que aquellos hij@s pequeños no se despegan de ti ni un segundo y que a la mínima que no les miras ya hacen ese sonido o dicen «¡MAMA!» porque estés al tanto. Pero llega un buen día que se sienten seguros, que dicen que se van «a Barcelona» y se marchan un poco lejos simulando que van en tren, y otro día quieren jugar al escondite en un lugar y en un momento que no toca y en que lo último que quieres es que desaparezcan de tu vista.

Yo no sé si os habéis perdido, yo no sé si esto que me pasa a mí también os pasa… Pero supongo que es normal, ¿no? Yo la dejo hacer, que se sienta mayor, que se piense que se va… pero os aseguro que no le quito el ojo de encima ni a ella ni a sus amigos que quieren, también, simular ¡que tienen 20 años y las llaves de casa! 😉

3 Comentarios

  • Mon

    Sí me perdí una vez, siendo muy pequeña y a pesar de tan poca edad tengo el recuerdo perfectamente grabado. Un matrimonio se percató de mis llantos y se quedó conmigo hasta que ví aparecer a mi padre.

    Y sí, sí me pasa como a tí. Mi hijo mayor cumple dentro de unas semanas cinco años y aún soy incapaz de perderlo de vista.Si no lo tengo en mi campo de visión, me pongo mala.

  • Anna

    Jo no m’he perdut mai però un cop sortint a passejar per Calafell en ple mes d’agost vam perdre el meu cosí que llavors devia tenir uns 4 anys. Encara ara tinc gravada la seva cara plena de llàgrimes i el gelat de maduixa tot desfet a la ma quan el vam trobar i el que és més fort les llàgrimes i l’abraçada que li va fer la meva tieta. (la seva mare)

    Els meus fills tenen 6 i 4 anys i a mi tampoc m’agrada gens perdre’ls de
    vista. Faig com tu, Míriam, ells juguen a ser grans i fan veure que se’n van sols però jo no els trec l’ull del damunt.

  • Zary

    Me pasa igual.. siento pánico instantáneo cada vez que se me desaparece por un segundo corriendo por el supermercado o el centro comercial. Yo nunca me perdí pero siendo la mayor de la casa si recuerdo como si fuera hoy el pánico que sentí cuando uno de mis hermanos se nos perdí o en el mercado y cuando, años después, el menor se nos quedo en la droguería. Era una niña, la 1era vez de 6 años o menos, y la 2da ya casi de 12, y me acuerdo sentir morirme, un dolor inmenso, pánico hasta el desmayo y llanto por horas, aun después de que aparecieron… por eso y porque lamentablemente los niños y las personas desaparecen, no le quito a Sara el ojo de encima nunca, ni un segundo.

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