Marina estaba cansada, muy cansada. Hacía dos meses y medio que había nacido Pedro, su primer hijo y hasta el momento no había dormido más de dos horas seguidas. Se notaba agotada, sobre todo porque durante muchos días, al atardecer, su bebé lloraba y lloraba y había que pasearlo arriba y abajo en brazos más de una hora para conseguir consolarlo y, pese a ser tan y tan pequeño, Pedro dejaba muy claro que quien quería que lo paseara era mamá y no Joaquín, su padre. Ella lo hacía a gusto, se veía capaz de sostener el llanto de Pedro, pero a la vez, era como si ese tiempo paseándolo oyéndole llorar y gritar desconsoladamente, se le llevara la poca energía que le quedaba. Le habían dicho de todo; que eran cólicos, que quizás se quedaba con hambre… pero algo le decía a Marina que lo que le pasaba a su hijo es que le costaba adaptarse. Adaptarse a la nueva vida de bebé que le tocaba vivir.

 Joaquín volvió a trabajar al cabo de quince días, lo que duró el permiso de paternidad, vaya. Estaba contento, le gustaba ser padre. Los primeros días se dio cuenta de que lo echaba de menos, que volvía a casa a toda prisa, ávido de hijo... Poco a poco, sin embargo, a pesar de que la felicidad y las ganas de estar con su hijo lejos de disminuir, aumentaban, el trabajo lo fue absorbiendo. Trabajaba en una empresa que con la dichosa crisis había tenido que empezar a hacer despidos y él formaba parte del equipo de recursos humanos. Un mal momento para pertenecer a este departamento porque le tocaba hacer cosas desagradables, tales como, preparar los papeles a compañeros de trabajo a quienes, si fuera por él, no hubiera despedido jamás. Trabajaba más horas que un reloj y llegaba agotado. Además, cuando acababa de trabajar tenía que ir a comprar y a menudo, pasar a hacer algún recado que Marina no había podido hacer. Le gustaba hacer el papel que le tocaba hacer ahora pero se notaba hecho polvo. Con la sensación de no llegar a todo y hacerlo todo mal. Necesitaba vacaciones y para las vacaciones ¡aún faltaban 7 meses!

«Marina, hoy llegaré media hora más tarde… Tengo una reunión a última hora. Lo siento. Te quiero». Era el mensaje que Marina había recibido en el móvil poco antes de las seis de la tarde. Sólo leerlo le cayó el mundo encima y le entró un mal humor que la hizo enrojecer. Normalmente Joaquín llegaba a las 20h y ella, mentalmente, se preparaba para estar sola prácticamente todo el día hasta esa hora. Pero alargar este rato media hora más le suponía un calvario. Hoy no había hablado prácticamente con ningún adulto más allá de la pescadera y la de la panadería. Había estado un rato al teléfono con una amiga que hoy tenía que venir a verla por la tarde y la había llamado para decirle que le había salido un imprevisto y que no podría ir. Era el único plan que tenía: esperar la visita de la amiga y cuidar de Pedro. Por la mañana se había levantado contenta pensando que podría tener una conversación con una amiga, que podría presentarle a su hijo… Pero al cabo de unas horas se había encontrado que no tenía absolutamente nada que hacer más que estar con Pedro. Y aunque le encantaba ser y hacer de madre, encontraba durísimo pasar tantas horas sola al día. No estaba acostumbrada a ello y además, con la removida hormonal, había días que estaba triste y se sentía vulnerable y, no sabía por qué, también abandonada.

A las siete de la tarde de aquel 17 de enero ya era de noche y Pedro empezaba a llorar, como cada día. Y ella, empezaba a pasear arriba y abajo para consolarlo. A ratos se volvía a sentar en el sofá y miraba si quería un poco de teta… Después se volvía a levantar y pasillo arriba, pasillo abajo… «Tranquilo, cariño… Estoy aquí… Llora si lo necesitas» y así iba haciendo, con frases de consuelo y con todo el amor de que era capaz de darle… Pasillo arriba, pasillo abajo, sentarse en el sofá, tratar de dar pecho, volverse a levantar y así hasta el infinito… A las 20h de la tarde Marina no podía más. Estaba reventada, con la oreja medio sorda de tanto oír los llantos de su hijo y finalmente explotó. Se sentó en el sofá y se puso a llorar… Su llanto se confundía con el de Pedro que era fuerte e intenso… «No puedo más, Pedro, no puedo más… Lo siento… No sé hacerlo mejor… Te quiero… No sé cómo calmarte…» Lloraron un buen rato más los dos, con paseos por el pasillo incluidos… Pero al cabo de un cuarto de hora Pedro, finalmente, se calmó. Como si le hubieran pasado todos los males que lo asediaban, de pronto paró y sonrió espontáneamente a su madre.

Al cabo de quince minutos más llegó Joaquín y los vio a los dos con los ojos rojos. Sólo entrar por la puerta Marina le estiró los brazos con un niño y le dijo «Toma, ¡todo tuyo! Necesito un brake»… A Joaquín no le gustó… No le había dado ni un beso, ni dicho, «hola» y ya tenía el niño en un brazo y aún la bolsa con el ordenador en el otro… «Ostras Marina… Esto no puede ser, no te puedes ni esperar un momento?» «Llevo todo el día esperándote… ¡No, no puedo esperar más!» «No es culpa mía, tengo que ir a trabajar… Como mínimo, ¡deja que me quite la bolsa y la chaqueta! Déjame cambiar, poner cómodo y estaré encantado de coger a Pedro! ¿Que crees que no me moría de ganas de llegar a casa?»

Ella ya no estaba. Lo había dejado con la palabra en la boca y había desaparecido hacia la habitación. Cuando él entró la vio llorando otra vez: «Perdona. Lo siento…» dijo ella «Es que ha llorado una hora y cuarto sin parar, he estado todo el día sola, estoy agotada, no he podido hacer siesta, no puedo más y encima… ¡te echo de menos!» «Lo siento, MarinaPara mí tampoco es fácil. Trabajo todo el día fuera de casa y tengo la cabeza en mil historias y a ratos me siento culpable por no estar más con vosotros… Buf… Tú dices que a Pedro le cuesta adaptarse… ¿No crees que a nosotros no nos pasa lo mismo?» Y quizás por lo que acababa de decir o por el tono que usó en decirlo los dos empezaron a reír… Con ese tipo de risa nerviosa que ayuda a sacar toda la tensión de un día de los largos, duros y difíciles.

2 Comentarios

  • Raquel

    Aixo ho hagues pogut escriure jo. Em vaig sentir molt sola en un pais que no era el meu, amb neu fins als genolls i amb la meva parella arribant tard a casa. Sort que tot passa i que parlant vam poder treure sentiments i vam comencar a sentir-nos tots tres millors amb el nous rols.
    una abracada

    • Míriam

      Hola, Raquel!
      Ja em faig el càrrec que devia ser duríssim! El fred, el mal temps i la foscor no ajuden en aquests moments de puerperi en plena adaptació a la nova situació de família…! Que bé que en poguéssiu parlar i anéssiu trobant la manera d’adaptar-vos, d’ajustar-vos i de poder tirar endavant, com tu dius, sentint-vos tots tres millor… Enhorabona pel camí recorregut!

      Una abraçada!

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