Y los preámbulos?

Y los preámbulos?

31.10.2012

Nuria hacía días que intentaba encontrar el momento. Lo buscaba, pensaba en ello, intentaba pillarlo al vuelo, pero el momento no llegaba nunca. Hacía muchos, muchos días, que tenía ganas de hacer el amor con su marido. Hacía tantos días, que tenía la sensación de que ya no podía más; que o lo hacían hoy o ella reventaba. A él le pasaba lo mismo. Sin decírselo, también intentaba encontrar el momento. Pero más que buscarlo, él sólo lo pensaba… lo imaginaba… Cuando la veía salir de la ducha por la mañana, o cuando la veía con ropa cómoda haciendo la cena, o cuando se despertaba con ella a su lado y la veía dormir, siempre pensaba “¿y si ahora… ?” pero nunca era el momento. Porque en cada momento de estos él llevaba un bebé en brazos que también miraba a su madre como hacía la cena, que también veía a su madre salir de la ducha y le miraba los pechos con cara de deleite (¡más que su padre!), y que también tenía a su lado cuando se despertaban los tres casi al mismo tiempo.

Desde hacía un tiempo, encontrar el momento para hacer el amor había empezado a ser complicado. Los horarios, el cansancio, y aquel niño, que parecía que intuyera cuando sus padres querían estar solos, se lo habían puesto un poco más difícil. Ellos dos se resignaban y hacían lo que podían: se miraban, se echaban piropos, se acariciaban un poco el uno al otro intentando no excitarse demasiado para no quedarse con las ganas ahora que tampoco era momento… y básicamente, se deseaban más en silencio de lo que a ambos les hubiera gustado.

Pero hoy Núria había dicho basta. Se notaba caliente: quería hacer el amor, lo necesitaba, sentía que si no lo hacía, se pondría a llorar. Quería estar desnuda con su marido, tocarlo y dejarse tocar.

Quería fluir con él en todos los sentidos y quería volver a tener un orgasmo de los que te dejan casi sin sentido. Lo quería y lo quería ahora, hoy. Por eso a la hora de ponerse el pijama no se puso el que acostumbraba a llevar, sino que eligió un vestido cortito, mono, de aquellos que se venden ahora y que son para estar cómoda en casa, pero que en realidad, podrías ponértelo para ir a una fiesta y nadie se daría cuenta… No dijo nada pero después acostar a su hijo de 10 meses, se puso un poco de colonia en el cuello, sólo un poco.

Fue hasta el salón, donde él la esperaba mirando una serie de televisión. Ella se sentó en su regazo, cogió el mando y la cerró. “¿Qué haces?”, Dijo él. “Quiero hacer el amor” “Caramba… que directa…” y fue entonces cuando él se dio cuenta del vestido y olió un ligero recuerdo a colonia… Ella empezó a darle besos pero no de los que van in crescendo sino de los directos, de los que no dejan lugar a la duda, de los que avanzan rápido, como si no hubiera tiempo de nada… Él de repente, paró: “vas muy rápido… ¿y los preámbulos?” “Los preámbulos, amor mío, han pasado a mejor vida… al menos mientras tu hijo se despierte al cabo de 20 minutos de haberlo acostado” “Ya… sí… supongo, tienes razón. Pero es que así de golpe, es raro” “Ya lo sé”, dijo ella “Pero me muero de ganas de hacer el amor contigo y tú también, que hace días que me miras de una manera… Y el niño se despierta al cabo de nada, si no me tiene al lado… Debemos aprovechar estos pequeños momentos o no lo podremos hacer nunca! No coincidimos a la hora de la siesta, vamos a destiempo… Cariño… ¡es ahora o nunca!” El tono de tragedia que puso Núria les hizo reír a ambos. Esto, reír juntos, les destensó un poco e hizo que volvieran a empezar, ahora más relajados y al mismo tiempo, con más determinación y pasión que al principio. Como si de repente les hubiera entrado todo el deseo acumulado de tantos días.

Parecían dos adolescentes que se excitan con sólo dos minutos de tacto. Apenas habían empezado y ya respiraban como si estuvieran a punto del orgasmo… Esto, hacerlo tan poco, desearlo tanto en silencio, les había hecho aumentar esas ganas de una manera que ni siquiera imaginaban. Hicieron el amor como hacía tiempo que no hacían. Quizá era la prisa de acabar antes de que el niño se despertara, tal vez era el deseo que se acumulaba en la puerta de aquella maternidad y paternidad reciente, o quizás era que algo había cambiado y ahora sentían más y mejor. Porque ya no eran iguales, porque se querían más, porque habían vivido más y se habían conocido mucho más aún.

Nunca supieron por qué pero aquel día, aquellos menos de 20 minutos sin preámbulos en el sofá valieron por diez horas de sexo desenfrenado y placentero. El orgasmo explosivo al que llegaron los dos a la vez los hizo tocar el cielo, volviéndose a conectar el uno con el otro, conectando los cuerpos y las almas, haciéndolos volar más lejos de donde físicamente podían llegar.

Se quedaron desnudos, tumbados en el sofá, aún con la espalda húmeda y el pelo revuelto.
“¿Qué, no ha sido tan terrible, no, eso de hacerlo sin preámbulos?” “Buf… a partir de ahora te acepto tantos polvos como estos como quieras… Ahora, ten claro que haciendo el amor con menos de 20 minutos haremos bajar la media de tiempo por acto sexual de este país” “Cariño, desengáñate, diría que tampoco ha sido nunca demasiado alta… Y además, ahora, es eso o nada.” “De acuerdo. Pues sabes qué… ya volverán los preámbulos cuando el niño vaya de campamentos, vale?”

Y justo en ese momento, en ese preciso momento, escucharon de fondo como una vocecita escapaba de la habitación de más allá del pasillo y soltaba un llanto que no quería decir nada más que “mamá, ¿dónde estás? No quiero estar aquí solo”.

 

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Míriam Tirado

Míriam Tirado

Consultora de crianza consciente y periodista especializada en maternidad, paternidad y crianza. Me dedico a ayudar a madres y padres a conectar con sus hijos/as.

6 respuestas

  1. Míriam acabo de descubrirte y me han encantan tus escritos. En ocasiones me dedico a contar cuentos y historias, y me encantaría poder contar las tuyas. ¿Te importa?.
    Muchas gracias y mucha suerte
    Joana

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