Eran la una de la madrugada y era la segunda vez que Nia se levantaba para ir a ver qué le pasaba a su hija de dos años.

En el primer despertar, ya se había dado cuenta de que le pasaba algo. Le había dicho «fío» (cosa extraña en ella) y lo había notado quizás algo caliente. Pero Abril se había dormido enseguida y a ella no le había parecido que hubiera  que poner el termómetro todavía… «Esperemos», pensó…

Con el segundo despertar, Nia estaba muerta de sueño. Hacía días que dormía mal y que tenía muchísimo trabajo en el despacho.

Cuando se levantaba ya deseaba que fuera hora de ir a la cama, porque el sueño la mataba…! Pero ese día su compañero estaba de viaje y todos los despertares le tocarían a ella… Cuando la tocó, ya vio que estaba hirviendo, tenía fiebre y bastante. «Mierda», pensó…

Le dijo «voy un momento a buscar el termómetro y ahora vengo», y Abril «no!» porque no quería quedarse sola… Se encontraba mal y quería mamá cerca. Sintió como lloraba y a ella, el sueño no le dejaba encontrar el termómetro. Finalmente lo palpó y fue enseguida a atenderla. «Ven, amor mío. Siéntate en mi regazo». Se la sentó encima y le puso el termómetro. La niña apoyó la cabeza sobre el hombro de su madre, pochita, casi sin fuerzas.

39,2. «Abril, cariño, ahora tengo que darte un medicamento, ¿de acuerdo?». Cuando la niña lo vio ya dijo «noooo» otra vez… lo recordaba inconscientemente de algún día que lo había vomitado.

«Respira hondo» se dijo Nia para sus adentros. Porque esta noche estaba sola y prometía larga… Le hizo entender que era importante que se lo tomara y que después se encontraría mejor.

Dijo «noooo» otra vez y Nia ya no supo qué más hacer. Sabía que dárselo a la fuerza era muy difícil estando ella sola y no quería montar un escándalo, ahora. Recurrió a lo que detestaba pero que en casos como el de aquella noche, siempre funcionaba: «Abril, amor mío… tómate esto ahora y mañana iremos a comprar una piruleta de esas que tanto te gustan, ¿vale?». La niña lo pensó un momento y abrió la boca.

Puso cara de asco y una vez lo hubo tragado bebió cinco sorbos de agua intentando ahuyentar el mal gusto. La cogió en brazos y se la llevó a su cama. Hoy dormirían juntas.

Se tumbaron y Abril no tardó en volverse a dormir… se la veía aturdida con la fiebre y daba una penita… Nia le fue acariciando el pelo… Y mientras lo hacía, la preocupación comenzó a agobiarla…

A la mañana siguiente tenía, otra vez, mucho trabajo en el despacho. Pero lo más importante es que no tenía a nadie con quien dejar a Abril.

Pensó en la mala suerte que había hecho que su marido se fuera de viaje justo cuando la niña se ponía enferma… Porque él se lo puede combinar todo mucho mejor, ella no.

Mientras intentaba dormirse no podía dejar de pensar en cómo odiaba tener que dejar a su hija enferma en casa mientras ella se iba a trabajar. No lo soportaba.

No poder tocarla, saber si tiene fiebre o no, ponerle el termómetro, mimarla… cuidarla, vaya. Recordaba que cuando era ella la niña pequeña, cada vez que estaba enferma sólo quería una cosa: que la cuidara la mama. Y a menudo eso no podía ser. Odiaba que ahora lo mismo le estuviera pasando a ella.

Pensó en sí avisar a sus suegros pero vivían lejos y no llegarían a tiempo para cuando ella tenía que irse. Pensó en la canguro, pero ese día le había dicho que tenía un examen. Pensó en la vecina pero no tenía suficiente confianza como para dejarle la niña enferma… «¡Mierda, mierda!» y pasaban los minutos y las horas y ella no podía dormirse. Abril, a su lado, sudaba. Ya no tenía tanta fiebre.

Finalmente consiguió cerrar los ojos y dormir un poco, pero cuando los volvió a abrir notó un calor intenso. Su hija volvía a tener mucha fiebre.

No habían pasado ni cuatro horas desde que le había dado el anti-térmico y ya volvía a estar con fiebre alta. «¡Mierda!», Volvió a pensar… Hizo piel con piel con su hija esperando que, como mínimo, pasaran las cuatro horas.

Luego fue a buscar al otro medicamento con ella en brazos. Se lo dio. Le cantó nanas hasta que se volvió a dormir. Se notaba agotada y no sabía cómo manejar lo de la mañana. Se encontraba en un callejón sin salida… no tenía a nadie. «Más tarde tendré que avisar al trabajo», pensó… y ya se sintió culpable.

Curioso este sentimiento: culpa si se marcha de casa, y culpa si se queda. Culpa, siempre.

Se durmió con ese sentimiento anclado bien adentro. Al cabo de un rato sonaba el despertador. Eran las 6:45 h. Tocó a Abril: no tenía fiebre. «Menos mal».

Se levantó sin hacer mucho ruido intentando no despertarla. Cogió el móvil y envió un mensaje a su jefe: «Buenos días, Pablo. Tengo la niña enferma. Se ha pasado la noche a 39. Jaime está fuera de viaje y mis padres no llegarían a tiempo. La canguro tiene exámenes, no tengo a nadie más. Lo siento, pero por la mañana me es imposible venir. Intentaré encontrar a alguien por la tarde. Te llamo más tarde”. Pulsó “enviar» y se sintió fatal… odiaba hacer estas cosas porque sentía como si tuviera que pedir un favor… Y no quería. Pero tampoco quería dejar Abril estando enferma.

Se volvió a tumbar en la cama e intentó relajarse. Tenía toda la mañana por delante para estar con su hija y cuidarla. Confiaba en que se encontrara mejor y poder marchar unas horas a trabajar por la tarde.

Sabía perfectamente que dejarla por la tarde era más delicado, porque es cuando se encontraría seguramente peor, cuando la fiebre sube. Sabía que se sentiría mal, y sabía que también se sentiría igual si tenía que volver a enviar un mensaje a Pablo diciéndole «imposible».

Intentó dejar de pensar en todo esto. Cogió la manita de su hija y antes de volver a dormirse pensó «¿siempre tendré esta mala sensación de no poder dividirme?»

3 Comentarios

  • Mo

    Vivim en una societat que no entén de prioritats. És així de trist.
    Un petó.

  • Susana

    Quina raó!!! És impossible ser als 2 llocs i al lloc que hi siguis et sents culpable no ser-hi a l’altre… quin rotllo de conciliació laboral que tenim les mares!

  • Jèssica

    L’altre dia em vàren trucar de la llar d’infants perquè a la petita li havia agafat febre…per sort me la van poder anar a buscar i me la varen portar a la feina…una dona em va dir…jo sóc mare, però si fos empresaria entendria aquestes empreses que demanen si tens fills o no i si en penses tenir…em vaig quedar freda…Si, sens dubte sempre ens sentim culpables, si ens quedem i si marxem…però que hi hagin dones que dones tinguin aquest pensaments m’esgarrifa i sobretot m’esgarrifa perquè SÓN MARES! per desgràcia,realment penso que estem hores llum d’una conciliació laboral!

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