La sensibilitat dels bebès

19.7.2011

Si tenéis un hijo, seguro que recordaréis alguna escena parecida a ésta: tenéis a vuestro bebé en brazos porque quizás acaba de mamar y está durmiendo plácidamente en vuestro regazo. O no duerme, pero lo tenéis en brazos y él se entretiene intentando ajustar cada vez más la mirada y ver los objetos con más definición. Está tranquilo, en brazos de su madre (o de su padre, da igual). Quizás esta escena sucede en el mismo hospital, poco después de haber dado a luz. Pues bien, entonces, cuando menos te lo esperas, se acerca quien sea y lo coge porque consideró que tiene ganas de tenerlo en brazos y que, ahora que está tan tranquilo, “tengo ganas de tenerlo yo”. No te lo ha pedido ni a ti ni, mucho menos, al mismo bebé. Siempre me ha sorprendido la falta de respeto con el que mucha gente se acerca a los bebés. Se les coge, se les hace un montón de cosas sin ni siquiera haberse presentado, haberlo mirado a los ojos, haberle hablado… como si se tratara de una muñeca.

Y los bebés, que por suerte no son tontos, a menudo cuando notan que son tratados de esta manera, empiezan a llorar. Y entonces, (eso seguro que también lo recordáis de oído alguna vez) viene lo de “es que este niño sólo quiere estar con su madre”, “es que lo estáis malcriando porque todo el rato lo tenéis en brazos vosotros”, “se tiene que acostumbrar”, “es que al final ni me conocerá “, o “es que es un enmadrado”. En estos casos yo diría: “No, es un bebé, que estaba ahí tranquilo, durmiendo en brazos, que la has cogido sin decirle ni palabra y que además, no te conoce”. Pero muchas veces da pereza decir según qué, o sabe mal, o lo que sea, y nos quedamos calladas o callados, escuchando todas aquellas frases que a veces duelen. Y con esto no quiero decir que lo hagan con mala intención, en absoluto. Los quieren y quieren tenerlos, normal. Pero es su necesidad, no la de aquel bebé que acaba de nacer y que dónde quiere volver es al lugar más parecido al vientre de la madre, y que pasar de brazos en brazos en la habitación del hospital cuando acaba de nacer no se parece en nada a su ideal de felicidad. Hay niños que a veces optan por desconectar. Ponen el “piloto automático” y duermen, y duermen, y duermen… que de hecho, es otra manera de no sentir según qué. “Es que este niño siempre duerme, ¡aún no le hemos visto los ojos!”, Luego dicen… Y es que no llueve nunca al gusto de todos.

Mi hija no era de las que quieren ir con cualquiera. Cuando tenía pocos meses toleraba sólo que la cogieran en brazos los que conocía más y tenía más confianza. El resto, sólo unos instantes, después ya nos buscaba con la mirada a mí o a su padre como diciéndonos “sálvadme”. Nunca me preocupó. Sabía que llegaría el día en que le encantaría ir con todo el mundo y jugar con abuelos, tíos, amigos, conocidos, etc. Y así ha sido. Pero me chocó muchísimo una experiencia que tuvimos cuando ella tenía 6 meses y que constató lo que ya intuía y es que los bebés tienen una sensibilidad que a menudo los adultos hemos perdido. Captan lo que no se capta y saben perfectamente qué les conviene tolerar y qué no.

La psicóloga argentina Laura Gutman estaba en Barcelona impartiendo un seminario un fin de semana de febrero. Hacía poco nos había escrito el prólogo de la edición en castellano del libro que escribimos con mi madre Àngels Torras “VÍNCULOS; GESTACIÓN, PARTO Y CRIANZA CONSCIENTES” editado por RBA. Ya se lo habíamos agradecido por mail (con mi madre se conocen de hace tiempo) pero queríamos hacerlo también en persona. Hablaron por teléfono y quedaron un domingo en el hotel donde ella hacía el curso. Llegamos a las 12h, la hora en que habíamos quedado y ella, Laura, ya nos esperaba. Con mi madre se fundieron en un abrazo, después de tanto tiempo sin verse. Nos presentó: “Mi hija Miriam, su compañero Marc y Laia, mi nieta”. Después de darnos besos se acercó (no mucho) a Laia. No la tocó, sólo la miró directamente a los ojos y le dijo: “Oh… que linda sos… sos preciosa, Laia… ¿Cómo va todo, princesa? Yo soy Laura, amiga de tu abuela…” Después de decirle esto muy poco a poco y con un tono que transmitía amor, se separó un par de pasos y se puso a charlar con Àngels . Al cabo de nada Laia, que aún estaba como hipnotizada por aquel tono y aquella mirada le estiró los brazos. Quería ir con ella. Quería que la cogiera en brazos y que le dijera más cosas. Laura lo hizo. Marc y yo alucinamos. Nunca quería ir en brazos de desconocidos y entonces entendí la diferencia. No quería ir con desconocidos que no sabían cómo acercarse a ella, pero sí con los que entendían perfectamente cómo son y qué quieren los bebés. Laura lo entendía y ella quería comunicarse. Laura desprendía amor y ella quería entrar en contacto, participar de ello. Al cabo de un rato me volvió a estirar los brazos y la volví a sostener. Ya había tenido su dosis de Laura y quería volver con mamá, también absolutamente normal.

Y pensé que tampoco era tan difícil. Que si alguien nos explicara cómo deberíamos acercarnos a los bebés ni nos sentiríamos rechazados por ellos, ni ellos sentirían que no los respetamos. Los bebés son sensibles, mucho. Tienen una sensibilidad extrema que no podemos despreciar, al contrario. Deberíamos aprender, para intentar, en la medida de lo posible, volver a integrar esta sensibilidad en nuestras vidas. Quizás es difícil, pero yo creo que vale la pena.

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Míriam Tirado

Míriam Tirado

Consultora de crianza consciente y periodista especializada en maternidad, paternidad y crianza. Me dedico a ayudar a madres y padres a conectar con sus hijos/as.

6 respuestas

  1. Qué bonita anécdota!

    Creo que la gente no tiene ganas de mejorar su manera de actuar con los bebés. Porque desde que nacen se empeñan en que sigan sus instrucciones y se hagan mayores cuanto antes. Pienso que es parte de esa visión tan adultocéntrica que tiene esta sociedad.

  2. Linda experiencia y cuanto nos enseña. la gente a perdido el sentido del respeto por los demás, ni que decir por los bebés y los ancianos. Si nos acercamos con respeto y amor a cualquier ser vivo, a cualquier ser humano, las relaciones en el universo seguramente serían de una armonía especial.

  3. Cuanta razón tienes…pensamos que son muñequitos que podemos manejar como queramos,nos los pasamos de unos a otros. Hace unos meses,sin ser consciente de esto y en plan broma, al hijo de unos conocidos de 5 meses al verlo x primera vez, le toque la mano y le dije “hola Hugo, soy Ana, eres guapísimo” y luego no me quería soltar… Ahora que leo tu post me doy cuenta que lo que fue una bromita xa él fue un gran gesto y estoy muy feliz por ello…

    Lo tendré en cuenta de ahora en adelante. Gracias mami

  4. Que bonita la experiencia!! Estoy de acuerdo contigo porque a Abril le pasaba lo mismo con la gente y aun a día de hoy le sigue pasando, yo creo que es normal, que necesita su tiempo y que poco a poco ira siendo mas independiente, no tengo prisa… La gorda sabe con quien quiere estar y eso pese a quien pese intento respetarlo. Nosotros tb tenemos que escuchar comentarios “poco agradables” pero bueno… Un besito

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