Morir, nacer

Este fin de semana ha muerto mi abuela paterna, Rafaela, por culpa de una neumonía a los 85 años. El sábado, el último día que la vi con vida, estaba a su lado, dándole la mano, deseando que se sintiera acompañada.

Yo, mientras tanto, notaba los movimientos de Lua en mi vientre, como si supiera que algo importante estaba sucediendo. Imposible, en aquellos momentos, en estos días, no darme cuenta de la trascendencia de todo. Es como chocar de repente en los morros con lo que llamamos de manera algo abstracta, el ciclo de la vida.

Una mujer que se iba y otra que está en camino, cada una en su proceso, cada una en su viaje de abandonar o de llegar a este mundo. Podría parecer que vivir una muerte en la recta final de embarazo todo lo trastoca, o que se vive con mucha menos perspectiva. No puedo hablar por los demás, pero para mí, y en este caso, os puedo asegurar que el hecho de estar embarazada me ha permitido tomármelo seguramente, con más serenidad. Con más perspectiva. Como si todo tuviera sentido para mí.

El sábado por la noche dormí poco, estaba muy desvelada, y mientras afuera escuchaba  llover, pensaba en lo que había intentado hacer con mi abuela el tiempo que estuve a su lado en el hospital y con lo que intento hacer con Lua mientras la gesto: acompañarla. Supongo que de alguna manera, todos somos almas que hemos venido aquí a aprender, a crecer, para luego, irnos.

Quizás lo más importante, quizás la clave es podernos acompañar con amor en este crecimiento, en cada proceso, y también en los viajes (tanto en el de llegada -el nacimiento- como en el de partida, -la muerte-).

Acompañar a nuestros hijos, porque ellos, cuando toque, puedan también acompañar a los suyos… y así ir tejiendo hilos de amor para, poco a poco, ir cambiando el mundo y hacerlo un lugar mucho más agradable en el que vivir.

Y la verdad es que, en esto de acompañar, nos queda un largo camino por recorrer. En el nacimiento es obvio: la llegada de muchísimos bebés es terrible. Desagradable, poco respetuosa, llena de protocolos y con muy poca conciencia. Pero también en los procesos de muerte no hay, a menudo, un buen acompañamiento del que se va.

A menudo luchamos tanto porque siga viviendo, porque no se vaya, que nos olvidamos de todo lo demás y a veces, lo que es más importante: acompañar a la persona que se está muriendo, para que pueda hacerlo en paz, en un entorno amoroso, tranquilo y sobre todo, con respeto.

Creo que mi abuela murió en paz, o al menos me gusta pensarlo. Creo que ahora descansa y que, esté donde esté, no se perderá la Rua del Carnaval de Sallent, del que, durante muchos años, ella fue la mujer más veterana disfrazada. Por fin ha dejado de tener dolor y seguro que ahora es feliz, después de haberse despojado de tantos males que la perseguían los últimos años.

Lua, espero que tú también puedas hacer tu viaje en paz, y que tu llegada aquí sea plácida. Si por el camino os cruzáis, dale, de mi parte, un fuerte abrazo.

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Míriam Tirado

Míriam Tirado

Consultora de crianza consciente y periodista especializada en maternidad, paternidad y crianza. Me dedico a ayudar a madres y padres a conectar con sus hijos/as.

5 respuestas

  1. Miriam, que palabras mas bonitas! yo siento lo mismo mismo…. queda mucho por aprender en los comienzos y los finales pero sobre todo en la vida misma….. te deseo lo mejor para ti y la nueva vida que estas acompañando…

  2. Llorando a lágrima tendida….mi padre murió cuando yo tenía 16 años, el cáncer pudo con el en dos meses y buffff desde que nació mi hija hace dos años no hay dia que no me acuerde de el y de lo mucho que me gustaría poder cambiar ese último momento con el y convertirlo en calma, paz y no rabia, impotencia y enfado. La herida que yo ya creía sanada sigue ahí más viva que nunca y ahora me toca asimilar, quitarme los miedos y vivir, abrazar la vida como tú dices.
    Muchas gracias

  3. Precioso Miriam!yo creo que cuando perdemos a un ser querido,muchas veces nos resistimos a que se vaya y asi sufrimos.Es un aprendizaje el aprender a soltar,dejar marchar.Como siempre,un placer leerte.

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