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Millones de veces

Millones de veces

«Te quiero, Laia. ¿Lo sabes?» «Sí, mamá, lo sé. Me lo has dicho millones de veces». Y sí, es verdad. Se lo he dicho millones de veces desde que hace casi 6 años nació. Se lo había dicho millones de veces más mientras estaba en mi vientre. Posiblemente, el mismo número de veces que se lo dije a Lua, que también me lo escucha repetir día tras día: «Lua, te quiero».

Criar con respeto es importante

Cuando crías con respeto y vínculo hay días duros. Cuando son bebés, hay días que lloran sin cesar porque algo que no sabes descifrar y los meces, los amamantas, los paseas… Noches que se despiertan más veces de las que creías posible, días que se enfadan y protestan y parece que a todo lo que tú dices él responde «NO». Porque hay días que estás cansada y no puedes con tu alma. Que te gustaría tener la cena hecha, la cocina recogida, la casa en perfecto estado de revista, la ropa plegada y en los armarios, etc. Que te gustaría tener lo del trabajo resuelto.

Gestionar la ausencia

El sábado asistí a la jornada de Dona Llum “Del embarazo al puerperio, apoyo emocional contínuo para madre y bebé” y de todo lo que se dijo, lo que más me llegó, fue un concepto mencionado por la antropóloga Serena Brigidi: La gestión de la ausencia. Más allá del contexto en el que ella hablaba, estas palabras han ido haciéndome “runrun” todo el fin de semana. Hace muchos años, una persona que había perdido hacía unos meses a su madre, me decía que en ningún momento desde su muerte la había sentido «cercana», entendiendo como cercana el hecho de sentirla presente, próxima, en conexión y eso le provocaba un vacío inmenso. Ese día pensé que no me gustaría sentir lo que ella sentía ni tampoco que mis hijos (si un día llegaban), experimentaran esto después de mi muerte.

Qué difícil es

Qué difícil es a veces ser madre. (Y lo digo así, de entrada, para que nadie diga que nunca avisé). Qué difícil es no enfadarse cuando delante tienes a tu hijo que hace exactamente lo contrario de lo que querías que hiciera. Qué difícil es no tomártelo como una ofensa, decirte «no es nada personal, es pequeño». Qué difícil es toparse con su rabia incontrolada, su estallido de emociones, su malestar que todo lo tumba. Qué difícil es acompañarlo de cerca, agacharse, no juzgar, callar. Porque… es muy difícil conseguir detener las frases que se amontonan en el cerebro y que luchan a ver cuál es la más gorda y quieren salir por tu boca y herir, herir igual que te están hiriendo ti. Qué difícil es mantener la boca cerrada y no decir ninguna tontería de la que luego, seguro, (lo sabes) te arrepentirás.

Los hijos no esperan

Los hijos no esperan

El otro día fui a ayudar a una pareja que hacía sólo unas horas que había tenido su bebé, que tenía dificultades para agarrarse al pecho. Volví a aquella planta de maternidad donde tantas horas y días me pasé después del nacimiento de Lua. Cuando el bebé hubo mamado perfectamente de los dos pechos, me fui de la habitación sintiéndome afortunada de haber podido ayudar a esa familia que acababa de nacer… y mientras pasaba por aquel largo pasillo con todas las camas llenas de madres y padres que acababan de tener un hijo, pensé que a todos les escribiría esto:

No sé si a tu et passa

No sé si a ti te pasa, pero ahora que soy madre de dos y que vuelvo a estar en plena vorágine criando, no echo de menos ni ir a cenar con las amigas, ni ir a bailar, ni viajar (bueno, esto un poco), ni… sólo echo de menos a mi marido, mi compañero, mi amante… Porque en esta vorágine, a ratos es difícil incluso tener un momento para mirarnos a los ojos, para re-encontrarme en él, para re-encontrarse en mi. Porque cuando uno acuesta a una niña, el otro acuesta a la otra, porque cuando uno baña a las niñas, el otro hace cenas, porque cuando uno lleva al cole, la otra da el pecho… y así un día y otro.

Quan vius a flor de pell

Cuando mis hijas sean mayores sé que habrá momentos de su crianza que no recordaré, y en cambio, sé que otros los tendré grabados en la memoria para siempre. Este fin de semana he tenido dos momentos de éstos, de los que me parece que recuerdas aunque pasen cinco años, y diez, y veinte. Estoy puérpara. Hace sólo 8 meses que volví a ser madre y eso quiere decir que no tengo filtros, que todo lo vivo sin corazas.

El amor se multiplica

Por más posts que escriba, nunca podré describiros cuánto me gusta tener dos hijas. Cuando estaba embarazada, algún día me surgieron las típicas dudas de mujer a la que las hormonas le juegan malas pasadas. Recuerdo un día que dije “¿y si luego no soy feliz? ¿y si no somos felices?»A ratos (muchos), me costaba imaginar cómo sería tener a Lua en casa. Las amigas (prácticamente todas con 2 o más hijos) me contaban como era; que no paraban, que cuando no dormían por uno, no dormían por el otro, y mil cosas más. Y yo les decía “¿queréis hacer el favor de dejar de asustarme?» para luego decirme «no, ¡si es muy chulo!» y nos reíamos.

El día que se conocieron

«¿Cuánto hace que has llamado?» Esta soy yo, impaciente, preguntando a mi marido sobre esta noción de tiempo que a mí (todavía bajo el efecto de mil calmantes debido a la cesárea) y a él nos pasaba a velocidades distintas. Estaba impaciente porque ya estábamos en la habitación, yo con Lua piel con piel, y anhelaba que llegara Laia, su hermana.

De la oscuridad a la luz

De la oscuridad a la luz

“¿Lo tiene todo?», fue lo primero que le dije a mi marido cuando me puso Lua, desnuda, encima de mi pecho. Estábamos en la sala de reanimación los 3, después de que en quirófano me cosieran la cesárea. Yo ya la había visto, a Lua, me la habían puesto justo al lado de la cara, tocándonos la piel y, llorando y emocionada, me la había comido a besos. Ella me miraba, tranquila, con unos ojos como platos.